Nadie duda de la buena fe del Congreso cuando anuncia que, a más tardar, antes de finalizada esta legislatura elegirá a los 6 Magistrados restantes del Tribunal Constitucional. Nadie duda tampoco de la buena fe de los partidos cuando dicen que agotarán todos los esfuerzos posibles para que así sea. Pero nadie duda, tampoco, de que si tanto el Congreso como los partidos no cumplen eso no sorprenderá a nadie. En efecto, de un tiempo a esta parte las promesas del Congreso han caído en saco roto. En el caso puntual de los Magistrados del TC así ha sido desde un primer momento. Primero se empezó por decir que los iban a elegir, cuando sólo eran dos los Magistrados que debían designarse, el 2010, luego que lo harían el 2011, cuando ya eran 3, y últimamente, que lo harían el 2012 cuando ya eran 4. Ahora que son 6, nada hace pensar que el Congreso y los Partidos cumplirán su palabra. Salvo de que se trate, desde luego, de un asunto meramente numérico.
No estaría demás por ello que desde la sociedad civil se avancen distintas propuestas con la finalidad de reformar el sistema de elección de los Magistrados del TC previsto en la Constitución. Desde nuestro punto de vista se debería volver a la fórmula de las ternas. Este sistema no sólo permitía que más poderes y órganos del estado intervengan en la designación de los jueces constitucionales, sino que permitía un escrutinio más estricto de la ciudadanía. A través de este mecanismo poderes del Estado como el Judicial y el Ejecutivo podrían presentar sus propios candidatos, al igual, de permitirlo la ley, que los sindicatos y los gremios empresariales. Ello traería aparejada la ventaja adicional de que por tratarse de ternas la ciudadanía tendría claro quién es quién entre todos los candidatos, pues como ya habrían sido seleccionados, el filtro del Congreso sería meramente simbólico.
Este sistema de elección de Magistrados sería congruente además con una forma de pensar y vivir la democracia. Una que, por caso, no está comprometida con el ideal de democracia representativa de nuestro país, y que fue importado de otras realidades y contextos distintos al nuestro. Este modelo de democracia sería el de la deliberación pública. De acuerdo con este nuevo paradigma la democracia ya no consiste en escuchar solamente la voz de los representantes, sino, y principalmente, en escuchar la voz de los representados a través, tanto de mecanismos de control sobre los representantes, como de participación directa en la toma de decisiones políticas.
En ese contexto contar con un TC plural, tolerante, diverso es un paso adelante hacia ese paradigma. Por el contrario continuar con el sistema de elección actual, con el statu quo, es una pérdida de tiempo y un retroceso en términos de protección de derechos, independencia de poderes e imparcialidad de los jueces constitucionales. Un TC dependiente de las componendas del Congreso será, quiérase o no, un TC dependiente de la voluntad de las personas que controlan los principales partidos en el Congreso. Por eso lo que se busca es arrebatarle el monopolio de esta decisión al Congreso, para trasladársela a los ciudadanos mediante la participación de los demás órganos del estado, pero también de los sectores que representan tanto a los trabajadores como a los empresarios. La meta de una propuesta como esta es, en suma, generar las condiciones estructurales para que el TC se convierta, como solía decir John Rawls, en el foro de los principios de una democracia.


