El domingo pasado, mientras me encontraba descansando en Bogota, me entere del golpe de Estado perpetrado en Honduras. La noticia me alarmó no porque simpatizara con Zelaya, que parece es todo menos un democrata a carta cabal, sino porque en América Latina, pense, ya habíamos superado esa etapa de golpes y dictaduras tan propia de nuestra realidad política hasta fines del siglo pasado. Pense que lo sucedido en Honduras era un claro retroceso para nuestras débiles democracias y pense, además, que un pronunciamiento de la, también débil, comunidad internacional era urgente.
La OEA se pronunció de inmediato y advirtió que si Zelaya no era repuesto suspendería a Honduras. No paso lo primero, pero sí lo segundo. En el Perú, por caso, sabemos muy bien que es soportar una dictadura. Las hemos tenido de todos los tipos: desde las dictaduras tout court, es decir, con tanques y militares, hasta las dictaduras veladas, con Congreso y medios de comunicación adictos. La arbitrariedad de las dictaduras no conduce a ninguna salida posible salvo a la del atraso y la pauperización moral y económica de un país.
Es una buena señal que en Honduras la comunidad internacional haya tomado acciones concretas. Y es una buena señal que el Presidente Obama haya deplorado el golpe como no lo hacian los EEUU desde la efimera época de Jimy Carter. Pero no basta con eso. Algunos dicen que Zelaya era un pésimo gobernante y que quería cambiar la Constitución por medios no constitucionales y es probable que así sea. Pero no lo es menos que una injusticia no se resuelve con otra. Por eso si en algo la democracia es un sistema eficaz de gobierno es porque hace posible que el pueblo, siempre el pueblo, tenga la última palabra.


