La migración de todos los días
La ley recientemente aprobada por el Estado de Arizona en los Estados Unidos ha motivado un debate, hace mucho tiempo aplazado, sobre qué hacer con la migración, qué hacer con los migrantes, y qué hacer con las leyes y gobiernos antimigrantes.
1. ¿Qué hacer con la migración?
La migración no surge de la nada, no es obra de un gobierno (ni de muchos), ni, como piensan algunos, obra de la perversidad intrínseca de algunas etnias o minorías. Por el contrario, la migración es producto de la profunda desigualdad que existe entre el mundo desarrollado y el mundo en desarrollo. Esta desigualdad se aprecia en cifras que reflejan, por caso, que la inversión en tecnología y educación en América Latina apenas si asciende a 1.2%, mientras que en Europa o Estados Unidos supera largamente el 20% de su producción; en cifras que indican que en América Latina el 20% de la población accede al 60% de los recursos, mientras que el 80% restante accede al 40%; en cifras que muestran, de forma vergonzosa, que más del 50% de la población en América Latina se encuentra en condición de pobreza. Estas cifras evidencian un aspecto que no se advierte demasiado cuando se piensa en el problema de la migración: que éste es también un problema que atañe a los derechos de las personas, a sus necesidades, a sus expectativas, a su sobrevivencia.
2. ¿Qué hacer con los migrantes?
Leyes como la aprobada en Arizona prueban que la solución del mundo desarrollado a la migración no sólo es errada sino contraproducente, porque en el corto plazo agudizara aún más los nocivos efectos de este problema. Estos son, por caso: la violencia, el resentimiento, la aparición de ghetos culturales. La via de la fuerza ha demostrado, historicamente, no ser una alternativa viable, principalmente, porque no toma en cuenta que el problema de los migrantes no es un problema de conducta (de hecho la mayoría de quienes emigran son personas honestas, e incluso profesionales jovenes sin oportunidades en sus países de origen). El problema de la migración, insisto, es un problema económico, de cómo se distribuye la riqueza, y de cómo las instituciones políticas se organizan a fin de representar la voz de los, potencial y directamente, afectados por las decisiones del poder económico.
3. ¿Qué hacer con las leyes y gobiernos antimigrantes?
Un primer paso para cambiar, en algo, la realidad de la migración es democratizar las instituciones internacionales económicas. Los países del mundo desarrollado deben aprender, si acaso por la fuerza, a respetar a los países del mundo en desarrollo. Esta afirmación puede parecer, a primera impresión ingenua y vacia, pero tiene en la práctica mucho sentido. De hecho no son pocos los que abogan por un modelo más equitativo de comercio económico. Ulrich Beck, por ejemplo, el politologo aleman, señala con gran sabiduría que la globalización ha dejado de ser global para los pobres, para convertirse en plana, pese a toda la publicidad existente, para ellos. Otro autor, menos esceptico, pero más crítico, como Stitglitz, a su vez, señala que no es posible que la economía, que en principio provee los instrumentos suficientes para el bienestar, sea controlada por un puñado de países en perjuicio de la gran mayoría del mundo en desarrollo. Esta globalización de las cosas, pero no de los hombres, es precisamente la que aboga por el endurecimiento de la violencia y de la represión, sin mencionar que si la migración existe es en parte porque ella misma la ha propiciado. Es cierto que hay mucho de culpa también en nuestros gobernantes y en nosostros mismos, y que esa culpa debe ser abordada con total entereza, pero no es justo que hoy se trate de estigmatizar a quienes, después de todo, menos culpa tienen en este asunto: los millones de personas que día a día cruzan las fronteras, arriesgando su propia integridad, por no morirse de hambre y de sueños en su propia tierra y de a pocos.
