No hay razones para pensar que la situación en Libia va a mejorar, por el contrario, y si damos crédito a lo visto en los últimos días, la crisis se agravará lentamente. El problema no es si Gadafi va a ser derrocado o no, a estas alturas ya muchos piensan, me incluyó, que eso es algo inexorable; el problema es qué va a pasar después. Libia, a diferencia de Egipto, e incluso a diferencia de Túnez, no tiene una oposición política bien consolidada, de hecho no tiene ningún tipo de oposición. El temor que tienen muchos libios es que una vez derrocado Gadafi asuma el poder una elite cleptocratica, más corrupta y radical aún. Que eso ocurra depende no tanto de que Gadafi caiga sino de la presión de la comunidad internacional. Por lo pronto ya varios de sus aliados–Berlusconi, et al- han dicho que se tiene que poner un alto a la violencia y, tácitamente, han señalado que Gadafi ha perdido el control de su país. ¿Cuánto más durará esta carnicería?
No ha faltado quien diga que la intervención internacional convertiría a Gadafi en un mártir pero dados los últimos acontecimientos esa parece ser la única alternativa viable. De lo contrario, el pueblo Libio se seguirá desangrando y se llegará al mismo desenlace al que se llegaría si se derrocará hoy mismo a Gadafi, es decir, a la división de Libia en facciones que, por muy buenas que sean sus intenciones, no aceptará las condiciones de la comunidad internacional. Por ello, su intervención se debe dar con prescindencia de si a los libios les parece buena o no. La historia reciente demuestra que una intervención tardía o una negativa de intervenir a la larga genera más problemas que soluciones. Por ello, lo mejor que podría ocurrir es que la ONU, mediante el Consejo de Seguridad, apruebe una intervención acorde al derecho internacional humanitario y en el lapso más breve posible restablezca el orden y derroque a Gadafi que su insania ya demasiado sufrimiento ha causado al pueblo Libio.



