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Archivos Mensuales: febrero 2011

No hay razones para pensar que la situación en Libia va a mejorar, por el contrario, y si damos crédito a lo visto en los últimos días, la crisis se agravará lentamente. El problema no es si Gadafi va a ser derrocado o no, a estas alturas ya muchos piensan, me incluyó, que eso es algo inexorable; el problema es qué va a pasar después. Libia, a diferencia de Egipto, e incluso a diferencia de Túnez, no tiene una oposición política bien consolidada, de hecho no tiene ningún tipo de oposición. El temor que tienen muchos libios es que una vez derrocado Gadafi asuma el poder una elite cleptocratica, más corrupta y radical aún. Que eso ocurra depende no tanto de que Gadafi caiga sino de la presión de la comunidad internacional. Por lo pronto ya varios de sus aliados–Berlusconi, et al- han dicho que se tiene que poner un alto a la violencia y, tácitamente, han señalado que Gadafi ha perdido el control de su país. ¿Cuánto más durará esta carnicería?

No ha faltado quien diga que la intervención internacional convertiría a Gadafi en un mártir pero dados los últimos acontecimientos esa parece ser la única alternativa viable. De lo contrario, el pueblo Libio se seguirá desangrando y se llegará al mismo desenlace al que se llegaría si se derrocará hoy mismo a Gadafi, es decir, a la división de Libia en facciones que, por muy buenas que sean sus intenciones, no aceptará las condiciones de la comunidad internacional. Por ello, su intervención se debe dar con prescindencia de si a los libios les parece buena o no. La historia reciente demuestra que una intervención tardía o una negativa de intervenir  a la larga genera más problemas que soluciones.  Por ello, lo mejor que podría  ocurrir es que la ONU, mediante el Consejo de Seguridad, apruebe una intervención acorde al derecho internacional humanitario y en el lapso más breve posible restablezca el orden y derroque a Gadafi que su insania ya demasiado sufrimiento ha causado al pueblo Libio.

Libia esta hoy en el candelero, como lo estuve hace un par de semanas Egipto y un par de semanas antes Túnez ¿Qué está pasando en medio oriente para que últimamente la gente se esté revelando contra sus, otrora, padres de la patria? Algunos hablan de una revolución cultural, otros de un hartazgo por tantos años de opresión política, otros simplemente sostienen que se ha terminado un ciclo y otros, los más escépticos, que se trata de una simple pugna de poder, donde los autócratas –Mubarak, Gadafi etc -están siendo superados  por nuevas elites políticas, quizá más sanguinarias y neuróticas que éstas. Lo cierto es que en los últimos dos meses hemos sido testigos de un cambio gravitante en la política del mundo árabe, un territorio vetado no sólo cultural y socialmente para occidente sino ajeno a sus costumbres y ritos. Durante mucho tiempo en occidente anidó la idea de que esos pueblos eran  contrarios a los derechos humanos, la libertad, y la democracia, y que, precisamente, por ello muchos de los abusos y tropelías cometidos en su territorio no eran de su incumbencia (ellos eran así y punto). Esta tesis fue pronto arropada por el multiculturalismo, el cual, entre otras cosas, sostiene que los pueblos tienen derecho a vivir a su modo y que, por muy desagradables que nos parezcan sus costumbres o muy crueles que nos resulten  sus normas, nosotros, los occidentales, no podemos entrometernos. En virtud de esta corriente de pensamiento muchas veces hemos visto absortos como se cometen abusos contra la población civil o como se maltrata a un colectivo o minoría en función de criterios tan absurdos como el sexo o la familia. Hoy que esos mismos pueblos, supuestamente incivilizados, indiferentes a la libertad, claman por ella derrocando a sus gobernantes (los cuales, por cierto, nunca fueron elegidos y que si se mantuvieron en el poder fue porque contaron con el apoyo del ejército y de las elites económicas) no estaría de más replantearnos muchos pre-juicios, uno de ellos: que la libertad es, esencialmente, ajena a la cultura árabe o que, en mor de la cultura, se puede aceptar el abuso, la opresión, la miseria, la muerte.  No será, por cierto, una tarea fácil pero servirá para, una vez restablecida la libertad, empezar a discutir sobre sus distintas y varias  manifestaciones.

A medida que se van acercando las elecciones, los partidos políticos van afinando sus estrategias de campaña. Durante la última semana hemos visto, por ejemplo, como Solidaridad Nacional, la Alianza por el Gran Cambio, Fuerza 2011, y el APRA han atacado a Perú Posible, pidiendo, e incluso realizándosela ellos mismos, una prueba toxicológica a Alejandro Toledo. Este pedido no tendría nada de malo, sino fuera porque se trata de una sucia treta para probar, supuestamente, que el líder de Perú Posible es un consumado adicto a las drogas, lo cual, como parece obvio, no solo es un mito afiebrado, sino una acusación temeraria. ¿Por qué nuestros políticos actúan de forma tan irresponsable? La respuesta parece estar en la certeza que tienen de que esos temas les dan rating, que a la gente le encanta ver como se tiran barro, mientras sus asesores y adláteres discuten, solemnemente, los temas serios de campaña. Una aclaración para los señores candidatos: a los peruanos no nos gusta ver cómo se enlodan, de hecho no nos gusta verlos en absoluto, si los vemos se debe en parte a que es nuestra obligación o a que, como viene ocurriendo desde hace muchos años, no tenemos mejores alternativas. En suma, si los vemos no es porque creamos que son populares o porque nos apasionemos con sus discursos, o porque nos sintamos, especialmente, atraídos por sus esculturales figuras, si los vemos, huelga repetirlo, es porque no nos queda otra opción, salvo claro esta apagar la radio, ir al cine, o jugar un partido de futbol, ah pero lo olvidaba, también hacen lo mismo. Entonces, pongámonos de acuerdo, ustedes nos divierten, mientras nosotros hacemos que los escuchamos, nos reímos un poco, comentamos sus babosadas y, el día de las elecciones, con el mayor desprendimiento de que somos capaces, marcamos sus caras, con la sutil convicción de que al hacerlo exorcizamos su culpas y los convertimos, como en un rito ancestral, en nuestros pequeños tótems.

La competencia electoral en el Perú del 2011 no es menos azarosa que la del 2006, o la del 2001 y así hasta el infinito. Al igual que las anteriores campañas  no hay ideas en la palestra, y los líderes políticos parecen más concentrados en caer simpáticos, que en defender sus puntos de vista. Esta realidad no va a cambiar, me temo, en el corto o mediano plazo. No va a ser producto de una ley providencial o de una reforma política de fondo que las campañas electorales en el Perú van a experimentar un cambio. Parece más bien que si el cambio ocurre, será producto de algo menos sonoro pero más potente: la mejora económica de los peruanos. Adam Przeworski sostuvo en un libro muy influyente (La democracia y el mercado) que una vez que un país supera el umbral del 8% de crecimiento anual es casi imposible que opte por alternativas totalitarias. Traduciendo las palabras de Przeworski podríamos decir que cuando el Perú supere el umbral del 8% del crecimiento del PBI nos va importar menos el pan y el circo y más las propuestas serias.

Pero el crecimiento económico tampoco es la panacea. Si no viene acompañada de reformas institucionales en temas como la educación, la salud, los derechos humanos, poco o nada puede contribuir al desarrollo. Parece un galimatias. Hace un momento decía, citando a Przeworski que cuando un país crece, y crece además de forma sostenida, es posible que se modernice, pues bien, se modernizará más rápido y mejor, si con ese crecimiento económico se invierte en educación, salud, etc, ya que los ciudadanos sentirán que esos beneficios les tocan y que, por tanto, sería una pésima idea echarlos por la borda. ¿Qué es primero la economía o la democracia? Esa pregunta clave, que algunos  responden según su humor, es a final de cuentas la única que importa. En estos día y semanas que restan de la campaña todos los candidatos, quiéranlo o no, también la responderán, aunque, como ocurre desde hace muchos años en el Perú, ni ellos mismos lo sepan.

¿Cuán efectiva será la propuesta de exigir, como un requisito mínimo para ser candidato al congreso,  determinadas aptitudes (de preferencia académicas y profesionales)? A juzgar por lo expuesto por quienes estan a favor de esta medida parece que mucho, pues sostienen que con esta propuesta, que esperan se implemente lo más pronto posible, el Perú se librará de los aventureros que por no tener nada mejor que hacer se dedican a la política.

La propuesta me parecería acertada si no fuera porque los hechos desmienten una a una sus supuestas virtudes: primero, la preparación y la experiencia para ser un buen político no la dan ni los años ni la universidad, hay ejemplos excepcionales de políticos muy destacados que no fueron a la Universidad y que tampoco tenían experiencia. La preparación y la experiencia son, sin duda, activos importantes cuando se trata de elegir a un buen profesional, pero no cuando se trata de elegir a un buen representante, pues un buen representante es aquel que esta al tanto de los problemas de su comunidad y expresa, de forma adecuada, sus preocupaciones e intereses. Segundo, muchos de los escándalos de éste y anteriores congresos han sido protagonizados por políticos con titulo profesional y experiencia, pensemos sino en los casos de Miguel Angel Mufarech, Martha Chavez, Carlos Torres Caro, o, en el colmo del absurdo, Susy Diaz que, por si no lo saben, es secretaria de profesión y, además, se ha desempeñado como tal por más de 10 años.

Hay mucho de mitología cuando se dice que el Congreso será mejor solo porque los congresistas tienen un titulo; los peores momentos del Congreso, aquellos que, por ejemplo, inspiran propuestas como esta, han sido producto de congresistas que, paradójicamente, sí cumplían con este requisito y nada nos hace pensar que en el futuro vaya a ser distinto. Por último, este tipo de propuestas encierran un temor injustificado contra la democracia, el cual reside en pensar que los ciudadanos no están en capacidad de discriminar quienes expresan mejor sus intereses, sin detrimento de si son profesionales o no. ¿Es razonable, pues, limitar el acceso al parlamento a quienes no poseen un titulo profesional?, ¿no será más bien que este tipo de medidas en el fondo esconden un sesgo elitista que, por sus propias connotaciones, antes que un bien genera un daño terrible a la democracia? El pueblo es más sabio, pese a todo, que sus representantes y por mucho que estos se empeñen en tapar el sol con un dedo no acepta ni aceptará tamañas imposturas.

Esta mañana escuche con desagrado las afirmaciones de la candidata a congresista por el partido Fuerza 2011, Martha Chávez, sobre la pena de muerte, el matrimonio entre homosexuales y el aborto y sus implicancias morales y jurídicas. No vale la pena explicar su trayectoria -a estas alturas, pienso, ya todos la conocen(mos) – pero si vale la pena, realizar algunas precisiones que permitan “ponderar”  mejor sus ideas:

a) Sí es posible aplicar la pena de muerte en el Perú porque así lo establece la Constitución: Falso. La Constitución solo permite aplicar la pena de muerte a los casos de traición a la patria y terrorismo. En el caso de este último supuesto la Comisión Interamericana de Derechos Humanos ha establecido que es inaplicable pues ningún país puede extender la aplicación de la pena de muerte para aquellos supuestos que al momento de la ratificación de la Convención Americana no estaban previstos.

b) El matrimonio es una institución natural que tiene un fin generativo: Falso. El matrimonio no es una institución natural, de hecho ninguna institución lo es, incluso aquellas que parecen serlo no lo son por la sencilla razón de que han sido objeto de un tratamiento jurídico y todo lo que pasa por el tamiz del derecho es artificial, es obra del hombre. Asimismo, el matrimonio no tiene una finalidad generativa, talvez la tenga para ella (lo cual es muy respetable) pero no para todos los ciudadanos. Si así lo fuera las personas estériles, de la tercera edad o que simplemente no quieren tener hijos no podrían casarse y hasta donde sé esa prohibición no existe.

c) La legalización del aborto atenta contra el derecho a la vida: Falso. Atentaría si aceptaramos que la vida se inicia con la concepción, pero hasta el momento no se ha llegado a ningún consenso al respecto. De hecho, y es bueno tomarlo en cuenta, la sentencia del caso Roe V. Wade, emitido por la Corte Suprema de los Estados Unidos, ha establecido que tratar el tema del aborto a partir de sus connotaciones médicas o biológicas no sólo es imposible sino absurdo. No estoy a favor del aborto, pero sí creo que su discusión merece una atención más seria que la de simplemente sostener, como hace Martha Chavez, que la vida empieza con la concepción y cualquier cosa que se haga contra ella desde esa etapa es casí un crimen de lesa humanidad.

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