Durante el gobierno pasado nos cansamos de escuchar de parte del oficialismo o de algunos voceros de la oposición (da lo mismo) que la ley de la consulta previa, en caso se aprobara, iba a ser un tremendo error. Basaban su juicio en el hecho de que desincentivaria la inversión al punto de que sin ella en muy pocos años volveriamos a ser el país derrumbado económica y moralmente que eramos, apenas, hace un par de decadas.
Esta actitud ha cambiado rapidamente. La semana pasada, por ejemplo, el Primer Ministro anunció ante el pleno del Congreso que había logrado consensuar junto con los empresarios mineros un aporte voluntario ascendente a 3 mill millones de soles anuales, los cuales, comparados con la cifra nimia de 500 millones que obtuvo el gobierno anterior suenan a risa. Pronto los líderes del APRA salieron a declarar a los medios que los empresarios habían sido victimas de un chantaje y que ante una negociación tan vertical poco más que decir sí, donde firmo, no podían hacer. Los empresarios mineros, a su vez, respondieron que no, que no los habían chantajeado y que más bien apoyaban la iniciativa del gobierno porque creen que ello abonará en el mediano plazo al desarrollo del país.
¿Qué paso para que en tan poco tiempo los empresarioos mineros cambiaran abruptamente de opinión? ¿no habrá sido acaso que en su fuero más intimo sabían que se la estaban llevando fácil y que era preciso, si el gobierno se avibaba, ceder como en su día lo hicieron también otros empresarios afines en Chile, en Brasil, etc, etc? El corolario de todo esto fue, además, la aprobación de la famosa ley de la consulta previa, la cual, en líneas generales, mantiene lo dispuesto por el Convenio 169 de la OIT excepto porque la participación y punto de vista de las comunidades amazonicas y originarias no son vínculantes.
La aprobación de esta ley es desde todo punto de vista una medida positiva y servirá para concientizar a los inversionistas del rol que tienen (tenemos) los ciudadanos en la preservación del medio ambiente y el control de las decisiones (económicas o políticas) que les (nos) incumbe (n), pero, y aquí es preciso hacer una advertencia, dependerá mucho de quienes sean los directos reponsables de implementarla el que tenga éxito o no. Las leyes no crean realidades y así como hace apenas un año los mineros aportaban muy poco al Estado por la extracción de sus recursos, hoy lo que pagan es proporcional al beneficio que perciben. De la misma forma la ley puede ser un buen acicate para empoderar a estas comunidades pero en manos de unos políticos chambones o de unos jueces formalistas (o complacientes) puede ser una espada de damocles que afecte por igual a los inversionistas -al imponerles cargas absurdas que no se desprenden de la ley- o a los ciudadanos -al darles facultades que en la práctica son imposibles de cumplir-.







