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Archivos diarios: 27 noviembre 2011

No se equivocan los que dicen que la eliminación del voto preferencial no va a solucionar el problema de la falta de representatividad del Congreso. Al contrario, pienso que, según se vea, llevan algo de razón. Mi objeción, en todo caso, tiene que ver con la idea que subyace entre líneas: que cualquier intento de reforma no va a solucionar el problema de representación del Congreso.

No hay que ser muy brillante para darse cuenta que, en efecto, la ley no va a cambiar la realidad de la noche a la mañana, pero precisamente por eso se necesita la ley, para que ese cambio sea progresivo y vaya de la mano con el cambio que se debe dar en la realidad. La reforma legislativa no es condición suficiente, pero sí necesaria para resolver el problema de la representación del Congreso por eso es que debemos apoyarla y, en la medida de lo posible, mejorarla con nuestras críticas y observaciones, pero no sabotearla como algunos “intelectuales” o “periodistas” hacen, al no ofrecer ninguna alternativa seria a un problema que, desde el derecho, sólo puede ser abordado jurídicamente.

Por ejemplo, Carlos Meléndez señala:

“Me sorprende cómo decisiones tan importantes como el cambio en las reglas de juego electorales se toman guiados por el capricho, por un sentido común coyuntural, y sobre todo sin contrastar con la realidad. ¿Acaso los reformistas han estudiado siquiera las prácticas concretas de la vida política en el interior del país? ¿Basta con lo que les cuentan sus “orejones”? Desde sus manuales llevan adelante una reforma aislada y basada en supuestos antojadizos. La mayor prueba de las limitaciones de la “reformitis” es que antes no teníamos Ley de Partidos Políticos pero teníamos partidos; hoy tenemos ley, pero no partidos. Moraleja: no busques al culpable fácil.”

Es evidente que la realidad siempre va a sobrepasar al derecho, pero justamente de eso se trata: de pensar críticamente el problema para una vez hecho ese esfuerzo arribemos a conclusiones que nos satisfagan a todos, no en patear el tablero y caer en lo mismo que se crítica: decir que nada cambiará porque para que la política cambie (se entiende en el sentido de mejoría, avance, etc), tiene que cambiar la realidad primero.

Pienso que un enfoque como éste le hace mucho daño al derecho, pero sobre todo le hace mucho daño a la política. Nos hemos pasado “años” discutiendo la importancia de la reforma precisamente porque sabemos que la reforma es importante, no porque algunos adolezcamos de “reformitis”. Además, ¿qué otra cosa podría hacer quién se dedica a la actividad académica, sino pensar críticamente la realidad?  La labor de los académicos no es cambiar las cosas es brindar los insumos para que las cosas cambien, no es dar la receta mágica para que el Perú sea un país prospero y desarrollado es plantearse seriamente qué se necesita para que eso ocurra. Y claro puede ser que esos insumos y esas ideas no sean las mejores, pero quien pondera  ese esfuerzo debiera estar en condiciones de aportar mejores insumos e ideas, no petardear éstas desde la tribuna “alpinchista” de a quien todo lo asquea y todo lo deprime, de lo contrario se cae en lo mismo que se critica, pero peor.

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