El primer libro de Carlos Granes, “El puño invisible”, es un fresco de las vanguardias que poblaron (y animaron) el siglo XX. Por sus páginas discurren personajes como Isidore Isou, Duchamp, Allen Ginsberg, Tristan Tzara, Andy Warhol, Valerie Solanas, entre otros, que no sólo dieron vida a estas sino que las moldearon a su imagen y semejanza.
En su búsqueda las vanguardias de la primera época gastaron energías y talento. Creyeron que el arte podía redimir esa vida soporífera y cambiarla por algo más emocionante, más autentico. Grande sería su sorpresa cuando descubrieron que ese mismo discurso, con el paso del tiempo, sería asimilado como un insumo más de esa burbuja alienizante a la cual no sólo aborrecían, sino que consideraban como la causante de todos los sufrimientos y padecimientos del hombre.
Las vanguardias de la primera época querían revolucionar el mundo para con ello revolucionar la vida. Algunos, extremistas, como Marinetti, planteaban un modelo anárquico radical, y otros, como Duchamp, planteaban, simplemente, cambiar la visión de la realidad a través del arte.
Estos esfuerzos, como explica de forma magistral Carlos Granés en su libro, cayeron en saco roto. Fueron en la mayoría de los casos chispas que prendieron un momento y se apagaron luego, dando paso a otras más extremas y ridículas, o a otras que tuvieron un impacto más duradero pero que, inevitablemente, fueron trocadas por las vanguardias de la segunda época, más frívolas y superficiales.
Las vanguardias de la primera época, según explica Granes, fueron idealistas y rebeldes. Tenían en mente un cambio revolucionario a partir de instrumentos tan venidos a menos como los libros, las pinturas o la fotografía. Dentro de estas vanguardias se enmarcan los letristas, los surrealistas, los dadaístas, los situacionistas, etc. Y el impulso que los animó desde sus inicios fue cambiar la realidad, el estilo de vida alienizante que imperaba en Europa por un estilo de vida más autentico y real que abriera las puertas a otra dimensión, donde todos pudieran vivir de acuerdo a sus emociones, sentimientos, e ideas, y sin que, de cuando en cuando, aparezca la sombra odiosa de la autoridad y el poder del Estado. Muchos de los miembros que participaron de estos grupos vanguardistas terminaron devastados por las drogas, como Allen Ginsberg, o perdidos en vericuetos ideológicos que los llevaron incluso al vandalismo o al asesinato como Valerie Solanas.
Las vanguardias de la segunda época, por el contrario, dejaron atras la nobleza que inspiró a las vanguardias de la primera época para reemplazarlas por la espectacularidad de las vitrinas de los museos o de los sets de televisión. Talvez el genio de esta segunda etapa fue Andy Warhol. Un artista que no sólo rehuía a la idea del arte sino que, en su lugar, planteaba una noción que, a la luz de lo que sabemos en la actualidad, sobre los escándalos mediáticos y el negocio del show business, resulta profético. Warhol pensaba que el arte debía ser arte del día a día, de las pequeñas cosas. Que si una lata de cerveza puede ser considerado artístico, claro que sí; que si un pollo desmenuzado se puede llamar una obra de arte, desde luego; que si una carta escrita con los dedos del pie calificaría como una pieza maestra, quien podría dudarlo. Su aporte a la concepción del arte contemporáneo no estriba en las creaciones que hizo, de hecho, Granes relata que muchas de estas ni siquiera las hizo él, sino sus ayudantes, secretarias y adláteres, sino en la forma como podía difundir un mensaje. ¿Qué mensaje? Cualquier mensaje. Warhol demostró que la sociedad del espectáculo esta ávida de productos culturales, no de obras artísticas y si quien define qué es un producto cultural no es la sociedad en su conjunto, so pretexto de atentar contra la esencia de lo artístico, sino el curador, el crítico o el propio artista entonces, inevitablemente, tendrá éxito quien logre vender mejor su producto y en eso Warhol era, sin duda, un genio.
Las vanguardias de la segunda época trivializaron de esta forma el mensaje de las vanguardias de la primera. Ya no querían revolucionar el mundo, sino, simplemente, dar la impresión de que lo hacían; ya no querían pintar mejor, escribir mejor o filosofar mejor, sólo aspiraban a que sus libros, obras, o ideas llamaran la atención aun cuando fueran huecas, horribles o estúpidas, como las bobadas sin sentido de un Piero Manzoni o de un Michael Creed. Si comer excrementos, untarse de orines, o pintarse el cuerpo con sangre de animales es artístico entonces todo, absolutamente todo, podía ser considerado como tal. Las vanguardias de la segunda época lograron esa proeza. Conseguir que cualquier cosa que llamara la atención fuera considerado artístico. Y en eso, entonces, la publicidad, y la parafernalia hedonista jugaron un papel muy importante.
Lo que sucedió después ha sido espectacular. Hemos dado un salto de 360 grados para encontrarnos, como en un acto de magia, nuevamente, en el mismo punto (pero al revés). Las vanguardias de la primera época querían cambiar el modelo de tranquilidad e inmovilismo imperante, pues bien, los indignados de ahora quieren exactamente todo lo opuesto, por una vida tranquila, sin penurias económicas que permita cierta estabilidad y otorgue, al menos, la esperanza de una jubilación tranquila. Los vanguardistas de la primera época consideraban que ese estilo de vida paralizaba la conciencias y convertía al hombre en presa de un sistema estructurado sobre bases injustas, los indignados de ahora añoran ese estilo de vida y odian tener que vivir, a causa de la crisis económica, como vivian los vanguardistas, es decir, en la marginalidad, sin recursos, disfrutando únicamente el día a día.
Este desencanto con los ideales de la vanguardia seguramente ha sido el resultado de una confusión suprema. Ha sido el producto de creer que el arte puede cambiar el mundo, cuando el arte no ha sido, ni debiera ser, pensado para eso. Creer que un libro, una pintura o una fotografía por más elocuentes o expresivas que sean pueden aliviar el dolor y las angustia de millones de personas es semejante a creer que el trino de un pájaro puede mejorar mi percepción de la naturaleza. Lo que vino después, con las vanguardias de la segunda época, fue la constatación de este hecho. Estas aprovechándose del caldo de cultivo creado por las vanguardias de la primera época montaron un show donde lo artístico, en tanto expresión de lo bello, se relativizaba en extremo. Ahora lo artístico ya no era lo bello, lo sofisticado, lo noble, sino lo que la masa creía y eso, bajo ninguna circunstancia, era tarea de artistas o de promotores culturales sino de farsantes metidos a artistas y promotores culturales como un Warhol o un Yves Klein. Ellos descubrieron la piedra filosofal cuando se dieron cuenta de que si se vendía la tesis de que lo artístico era liberador, bastaba con convertir cualquier cosa en artístico para que de inmediato se buscara en ella ese efecto. No importaba si eso era ridículo o estúpido, lo importante era que la gente lo creyera. El marketing, entonces, junto a la frivolidad de los programas de espectáculo levantaron el acta de defunción de esa gran impostura que fue el arte en el siglo XX y, sin embargo, el puñetazo que nos dio… ay, todavía nos sigue doliendo.




