El jorobado de Notredame, léase, Carlos Melendez, ha escrito un artículo titulado “buscando ciudadanos”, en él plantea una idea que, al menos intuitivamente, ya habíamos desarrollado antes por estos pagos: que en el Perú hemos pasado del discurso de los pobres y ricos, al de los incluidos y excluidos pero nos hemos olvidado del discurso de los ciudadanos. Nada menos.
“El Perú es un país de desencuentros. Los últimos gobiernos no han conseguido generar un discurso político traducido en políticas públicas que logren paliar en algo las distancias sociales o, al menos, el acceso a los beneficios del progreso económico. De izquierda a derecha solo tenemos intentos fallidos. La izquierda setentera y sus herederos se han dirigido al “proletariado” o al “campesinado”, construyendo una identificación política colectiva tomando como base los determinismos de la actividad económica de la clase sometida. Luego, con más culpa que con reflejo, se evolucionó hacia la categorización de “pobres” y “excluidos”, categorías que ganaron cierto consenso. Se habló de los “sin voz” y la (buena) intención de toda política: el “empoderamiento”, siempre partiendo de la premisa de la subordinación y de los sujetos como actores pasivos. El discurso de la “inclusión social” es su más reciente versión y se sustenta en el desvalido a quien no le llega nada. La culpa se impone como leitmotiv de cualquier cambio social.
La derecha no se salva. Quizás su rollo más articulado haya sido el concebir a las clases bajas como informales, potenciales micro capitalistas cuya principal (¿y única?) actividad es económica y que se realiza al margen de las reglas de juego impuestas por el sistema (el mismo que los oprime, claro está). Ambas tendencias definen a las clases populares (sic) casi exclusivamente por su poder adquisitivo. Cuando sus discursos intentan dar el salto a la política, desfallecen. En las alternativas planteadas de “más Estado” o de “legalidad” hay un tímido reflejo de búsqueda de algo extra que no termina por precisarse. La izquierda ve pobres y excluidos, y la derecha ve informales. Nadie ve ciudadanos.”
Carlos no se equivoca, en efecto, en el Perú hace mucho, desde la época de Julio Cotler por lo menos, se ha dejado de lado el discurso de la ciudadanía para, en su lugar, poner los reflectores sobre el discurso de la inclusión. Ambos parecen lo mismo pero no lo son. El discurso de la ciudadanía se refiere a los derechos y a las obligaciones, el discurso de la inclusión, en cambio, se refiere a los que tienen privilegios y los que no, los que se favorecen del desarrollo y los que no, los que pueden, en suma, sentirse peruanos y los que no (en el sentido de ser parte de una comunidad y, por tanto, ser responsable de las decisiones que se adoptan en ésta).
No es baladí subrayar esta diferencia pues de ella depende, en parte, la forma cómo nos aproximamos a las soluciones de los vastos problemas que afronta el Perú. La política se entiende en este contexto de una forma un tanto diferente a como la entendemos en el habla común: no como el espacio en donde se dirime quién manda a quién, sino como el espacio donde se dirime qué es lo que se debe mandar y en función de qué intereses y necesidades. Si nuestro objetivo próximo, y asumo que esa es una meta importante para este gobierno, es reducir la exclusión social y permitir que la brecha entre pobres y ricos se acorte, la estrategia más adecuada, talvez, sea, por eso, olvidarse un poco de que la inclusión y la pobreza como tales existen y concentrarse más bien en pensar en soluciones para ciudadanos que, aunque pobres y excluidos, y que se beneficiarán, además, hipotéticamente, de esas medidas, nunca deberían dejar de serlo.



informan la doctrina que fundamenta nuestra revolución, en esfingica invocación a Dios dejó caer esta frase preludial de su desaparición fisica: ¿Cómo podre salir yo de este laberinto?” Garcia Marquez convirtió la frase de Bolivar en una gran novela. Chavez la rebaja a la sátira barata. ¿Qué puede esperarse de un presidente que se atreve a decir “esfíngica invocación” y “fase preludial”? Que su cabeza es un basurero. Y que a Venezuela le esperan muy malos momentos.
El Presidente Barack Obama ha tenido una semana dificil: conseguir el apoyo en la camara alta a su propuesta de rescate financiero; la evidencia, cada vez más clara, de que la crisis econòmica no sólo no ha menguado, sino que crece día a día; el nombramiento de los nuevos secretarios de Estado, etc. son la prueba de que las cosas no le son para nada fáciles y que la expectativa que ha generado su gobierno irá en aumento a medida que tome más decisiones. Pero pese a la presión aún le alcanza el tiempo para decir algo acerca de los sindicatos (Tomamos la cita siguiente del artìculo publicado hoy por 