Archivos Mensuales: mayo 2016

La moralidad del voto blanco y viciado

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Iré de frente al punto: se dice que votar blanco o viciado es una opción, perfectamente, válida, tal como votar por A o por B. Se dice, además, que votar por A o por B, cuando no se quiere votar por A o por B solo por razones, supuestamente, de conveniencia es un chantaje moral. Se dice, por último, que votar blanco o viciado es una manifestación de mi derecho irrestricto a rechazar a aquellos candidatos que no me representan ¿por qué, pues, apoyar a alguien a quien, inmediatamente después de salir electo, criticaré y rechazaré sin contemplaciones?

Estos argumentos son, por supuesto, perfectamente atendibles. Dan cuenta de una mirada liberal acerca de lo que supone el voto y de las diversas posibilidades que, como ciudadanos, tenemos para ejercer nuestro derecho a la participación política.

El problema, por tanto, no es si votar blanco o viciado es legítimo, o si hay razones morales que lo justifiquen, sino si, en las circunstancias actuales, ello refleja, de manera adecuada, lo que una adhesión política como esta representa. Seré más claro: el problema no es si votar blanco o viciado es teóricamente legítimo, sino si votar blanco o viciado, a la luz de nuestro momento presente, es prácticamente legítimo.

Me explico.

En el Perú el voto blanco o viciado no ha sido históricamente, ni por asomo, un voto de protesta. La gente no vota blanco o viciado porque quiere poner de manifiesto que rechaza al establishment político o porque ningún candidato lo convence. Por lo general, la gente vota blanco o viciado porque se equivoca –marca mal la cedula- o porque no conoce a los candidatos –no tiene ni idea quienes están postulando a un cargo de elección popular-. Prueba de ello es el porcentaje, relativamente estable, del voto blanco o viciado en el Perú. Durante los últimos 30 años el porcentaje de voto blanco o viciado ha sido, aproximadamente, siempre el mismo: alrededor del 15%.

Luego, debido a nuestras sempiternas reglas electorales, los votos blancos o viciados no cuentan. Es decir, al momento de elegir a nuestras autoridades los votos blancos o viciados, simplemente, pasan a un segundo plano. Se elige a estos en función, únicamente, de los votos válidos. Excepto en un supuesto: que la suma de votos blancos o viciados supere los 2/3 del número de votos válidos. Una cifra, como parece obvio, bastante difícil de lograr. Pongamos un ejemplo: si hay 10 electores, digamos que ese es nuestro universo electoral, y hay dos candidatos: los candidatos A y B ¿qué pasaría? Si de los 10 electores 4 votan blanco o viciado, el universo de votos válidos se reduce a 6, de tal suerte que si 4 votan por A y solo 2 votan por B, el primero gana las elecciones con el 66% de los votos válidos. Es decir, los 4 que no votaron ni por A ni por B terminaron, en la práctica, contribuyendo a que ganara A, pues al no apoyar a ningún candidato modificaron el universo de votos válidos posible.

Y a esto me refiero cuando digo que quizá la discusión en torno a la legitimidad del voto blanco o viciado no se inscribe en el plano moral o ético, sino en el plano práctico. Votar blanco o viciado tiene, en efecto, todo el sentido del mundo, pero siempre que tengamos muy en cuenta –pero en serio muy en cuenta- cuáles son sus implicancias en un escenario que se rige por estas reglas electorales. Otro gallo cantaría, sin duda, si el voto blanco o viciado fuera en el Perú un voto de protesta, o si acaso se lo considerara, también, dentro del universo de votos válidos. Ello le daría un sentido y una potencia crítica que, lamentablemente, hoy no tiene.

 

Sugerencias para el debate

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Si acaso me preguntaran que le recomendaría hacer a PPK para salir airoso del debate de mañana no dudaría en sugerirle lo siguiente:

  1. No lea, en ningún caso lea, bajo ninguna circunstancia lea. Si se olvida de algo, improvise. Si no recuerda una fecha o un dato en particular haga referencia a estos en términos generales. Es preferible ser vago y ambiguo con naturalidad, que claro y preciso con un papel al frente. Al final del día, la gente recordará más el gesto que el mensaje en sí. Y leer, ciertamente, es un gesto malísimo en un debate político.
  2. No confunda su participación en el debate con una clase magistral. Sus electores no son alumnos, ni tampoco desean enterarse de la situación del país, de las finanzas, y la crisis económica internacional a través de datos fríos y estadísticas. Créame, tiene más impacto decir: “la gente ya no sabe qué hacer para protegerse, porque en cada esquina le roban el celular”, que decir: “según el Ministerio del Interior la delincuencia ha crecido 20% este año”. Lo primero genera empatía y comunica una sincera preocupación por la situación que padecemos a diario, lo segundo lo convierte en un deslucido burócrata que evoca a los mismos funcionarios impasibles que nos han llevado a este desastre.
  3. No se deje convencer por quienes le dicen que el debate es, ante todo, un intercambio de ideas y argumentos. El debate no es, en lo absoluto, un intercambio de ideas –por lo menos no en esta oportunidad-, sino un intercambio de impresiones y gestos que generan –dan la sensación de- mayor confianza y empatía con los electores. A quienes le digan que en el debate debe ir a proponer cosas y a derrotar intelectualmente a su oponente, respóndales que, en realidad, lo que va a hacer es a demostrarles a todos que quiere ser Presidente.
  4. No haga de la puya el santo y seña de sus intervenciones. No caiga, pues, en el error de pensar que como el debate es político entonces debe dedicarse solo a atacar a su oponente. Al contrario, como todo en la vida, bueno es culantro pero no tanto. Use las puyas –la ironía y el ataque directo- cuando corresponda y solo como una estrategia para distinguirse de quien tiene al frente. Si convierte el ataque en su leit motiv corre el riesgo de generar desagrado y de pasar como un oportunista, como alguien que solo fue a atacar y a insultar a la otra candidata.
  5. Resumiendo, preséntese –dentro de lo posible- como un estadista. Como alguien que siente que esta ad portas de asumir la responsabilidad más difícil de su vida y que es muy consciente de ello. Como alguien que piensa que hay muchas cosas por hacer y por mejorar y que no podemos perder ni un minuto, y que por eso necesita el apoyo de todos los que están hartos de tanta mediocridad e ineficiencia. Muestre, en esa medida, a su oponente como alguien inexperta y que esta acompañada por una pandilla de inefables que no harán nada bueno por el país. Siembre el germen de la duda en su oponente y deje, eso sí, la puerta abierta al entendimiento y el consenso. Para decirlo en simple sea como Barack Obama pero con las mañas de Frank Underwood.