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Political Political Theory: primer acercamiento

Waldron

Jeremy Waldron

Tengo, por fin, en mis manos “Political Political Theory” de Waldron. El último libro de este autor neozelandés, radicado hace tiempo en EEUU donde dicta clases en la Universidad de Nueva York.

Lo acabo de empezar a leer, apenas he terminado la introducción y los dos primeros capítulos, y las impresiones que, hasta este punto, el libro me deja, son muy positivas. Comento solo tres y continuo más adelante, a medida que vaya avanzando –y espero confirmando este primer acercamiento- con su lectura.

PRIMERO: Es un libro serio, en el sentido más amplio del término. Pese a que se trata de papers y ensayos ya publicados, estos mantienen entre sí varios puntos de contacto. Ahí están, prístinas y claras, las líneas de investigación de Waldron, desde sus inicios hasta ahora. Ahí esta, por ejemplo, su critica a la democracia deliberativa y sus dudas –sus profundas y potentes dudas- con la judicial review.

SEGUNDO: Waldron orienta su análisis hacia la dimensión institucional de la democracia. Esto es, hacia el plano formal de las instituciones y figuras –políticas y jurídicas- que soportan la convivencia en comunidad. De hecho, la mención explicita a “la teoría política de la política” no es casual. Significa, también, que la teoría política puede ser objeto de un juicio que trascienda lo meramente empírico, para instalarse, de lleno, en las arenas movedizas de lo normativo y lo ideal.

TERCERO: al margen de que uno este de acuerdo o no con Waldron –pienso- hay que leerlo y estudiarlo con atención y paciencia. Su discurso crítico contra la judicial review es uno de los más estimulantes de los últimos años, y uno de los que ha conseguido, además, mayores adhesiones y rechazos. Gracias a él, por ejemplo, hemos podido repensar las posibilidades de centrar el análisis sobre la dificultad contramayoritaria, antes que en el procedimiento de adjudicación judicial, en el tramite legislativo, en aquello que garantiza un debate más plural y robusto al momento de discutir y aprobar las leyes.

 

 

Elecciones en el CAL

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Esta mañana, desprevenido como soy, me entere que tenía que ir a votar al Colegio Melitón Carbajal para elegir al representante del CAL ante el JNE.

De entrada debo decir que esta “obligación” me parece no solo inconstitucional, inmoral y lamentable, sino tambien una buena muestra de la precariedad de nuestras instituciones políticas.

¿Qué corona tiene el CAL para elegir a un miembro del JNE? En general no le veo sentido alguno a que los colegios de abogados elijan a un representante de este organismo. Los miembros del JNE deberían ser elegidos de otra forma, en función a la tarea que van a desempeñar y tomando en consideración la legitimidad que requieren para que cumplan con sus funciones y competencias de manera adecuada.

Pero si ya el que los colegios de abogados elijan a un miembro del JNE me parece absurdo desde todo punto de vista, ya se imaginaran lo que me parece que el CAL tenga ese atributo. Sinceramente se trata de algo que no tiene ni pies ni cabeza y que habla bastante mal de quienes hacemos parte -de forma obligada- de este gremio, que pese a esta abierta y grosera arbitrariedad no nos hemos rebelado para ponerle freno.

Si quieren un ejemplo de antinomia constitucional, ahí tienen, pues, uno muy bueno.

Personalidades Constitucionales

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Por estos días leo el excelente libro de Cass Sunstein: “Consitutional Personae”, publicado hace pocos meses por la Universidad de Harvard, y que trata sobre el sempiterno tema de la relación entre el activismo judicial y el principio democrático. Esta relación, anota Sunstein, se manifiesta a través de la forma cómo los jueces se aproximan a la interpretación judicial y al impacto que sus decisiones tienen, a veces, en la estabilidad política, el desarrollo económico, y la protección de los derechos.

Sunstein es conocido entre nosotros por haber publicado obras maestras como “The Partial Constitution” o “The Costs of Rights” (este último en coautoria con Stephen Holmes), que han abierto una línea de investigación no solo original y creativa, sino profundamente estimulante para quienes estamos interesados en la relación entre los derechos y la democracia, desde un punto de vista crítico y comprometido con el paradigma del estado constitucional.

La tesis central del libro de Sunstein (que recoge, a su vez, algunas ideas desarrolladas antes por este autor en diversos papers y ensayos) es que los jueces tienden a adoptar pérfiles o arquetipos determinados, personalidades que se adaptan a sus visiones ideológicas, las cuales, sin duda, tienen que ver también con el bloque al que representan o con el partido que los nominó. Los perfiles a los que se refiere Sunstein en el libro son cuatro: Heroes, Soldiers, Minimalists, y Mutes.

Los primeros son los que piensan el derecho desde la perspectiva de la historia. Son lo que prefieren los principios a las reglas, y los que, por lo general, tienden a generar (o revocar) precedentes. Los segundos, son por el contrario, los que tienden a pensar el derecho desde la perspectiva del hoy. Tienden a ser deferentes y a preferir las reglas sobre los principios. Su argumento favorito es que una ley solo debe ser revocada si atenta contra algún derecho o principio constitucional de forma evidente. Los terceros son los que piensan el cambio constitucional de manera progresiva. No son como los héroes, jueces que crean o innovan el derecho, pero tampoco son como los soldados que acatan la ley solo porque es la ley. Su mirada es, por decir algo, escéptica. El cambio es el resultado de un lento pero paciente proceso. Por último, los mudos son aquellos que evitan entrar a las discusiones de fondo. Evitan discutir principios si pueden orientar su análisis y juicio critico hacia las reglas. Si pueden optar entre el fondo de una controversia y sus aspectos formales, optarán siempre por los segundos. Es más fácil y menos comprometedor.

Sunstein se identifica con los jueces minimalistas, pues considera que son los que contribuyen, mejor que los demás, a preservar la democracia y a garantizar los derechos, en armonía con la doctrina de los acuerdos incompletamente teorizados, que consiste en dejar a salvo las grandes discusiones que dividen, ideológica y moralmente, a la comunidad política, para centrarse en los hechos, en los problemas de los casos concretos, que son los que los jueces, precisamente, por su experiencia y su racionalidad limitada, están en mejor posición de ponderar.

En nuestro país, sin necesidad de hacer una investigación muy profunda, parece claro que los jueces que predominan –que han predominado- sobretodo en nuestro Tribunal Constitucional y Corte Suprema, han sido, sin duda, los soldados y los mudos. Los unos porque su bandera ha sido, casi siempre, el estado legal de derecho acrítico, y los segundos porque cuando han tenido la oportunidad de innovar el sistema jurídico y hacerlo más plural e inclusivo, han preferido seguir el camino del procesalismo constitucional. Y así nos va hasta ahora.