Conversaciones electorales

 

ppk_keiko-Noticia-768401

Durante esta semana he tenido la oportunidad de conversar con amigos, colegas, estudiantes, familiares, etc. sobre el riesgo que implica que el fujimorismo vuelva al poder. Digo, es un decir, para muchos de ellos no se trata, en lo absoluto, de un riesgo, sino: a) de una opción perfectamente legítima en democracia, b) de una opción, incluso, mejor que la otra, y c) de una opción que será igual de positiva o perjudicial, según se vea, que la otra.

Con mi interlocutor a) tengo coincidencias. En efecto, el fujimorismo es una opción legítima en democracia. Sería un despropósito decir que KF no puede ser candidata a la presidencia y en, en ese contexto, ser elegida Presidenta de la República. Pero esa coincidencia, básica, entra en problemas cuando pasamos más allá de los formalismos electorales y entramos en el fondo de sus propuestas, de su trayectoria, y de su entorno.

Con mi interlocutor b) tengo, en cambio, discrepancias totales. No creo que KF sea, ni por mucho ni por poco, una opción mejor que la de PPK. Y eso salvando el hecho de que PPK es un político de corte neoliberal que tiene muy presente que el motor del desarrollo es la economía, y más específicamente, el crecimiento económico. Yo, por caso, pienso que no es así, y que el desarrollo tiene que ver, más bien, con otros factores, azas más complejos que éste.

Pero bueno, decía que mi discrepancia con mi interlocutor b) era total. Él considera que KF pondrá mano dura para frenar el crimen y la delincuencia y que, a diferencia de los demás candidatos, es más dinámica y decidida. Le pido pruebas que demuestren su aserto. Y me responde: su padre ya lo hizo. Le respondo: pero ella dice que no es su padre. Me contesta: no importa, es solo para que no la molesten los caviares. Entonces ella miente. Pero no te hagas, todos mienten. Y entonces llegados a este punto me doy cuenta que su voto no es, precisamente, el más fundamentado. Pero decido darle una oportunidad más. Le pregunto: ¿y por qué crees que el gobierno de su padre fue bueno?, ¿No te acuerdas acaso de toda la corrupción que hubo? Me dice, algo molesto: hubo corrupción pero se acabó con el terrorismo. Si no hubiera sido por el chino ahorita no tendrías ni estudios, ni trabajo, ni nada. De repente ni estarías aquí. Entonces, para ti el chino luchó contra el terrorismo. Por supuesto, él puso el pecho contra los terrucos, no te acuerdas de lo de la Embajada. Claro que me acuerdo. Y fue una gran operación. Ah, ya ves. Entonces, ya te convencí (sonríe). Puede ser, pero eso me lleva a hacerte otra pregunta. ¿Cuál?. ¿Tú votarías por Montesinos? No, estás loco. Pero ¿por qué?, ¿acaso él no luchó también contra el terrorismo? (silencio).

Con mi interlocutor c) tengo un problema más dificil aún. Con mi interlocutor a) hablaba del presente, con mi interlocutor b) hablaba del pasado, pero con mi interlocutor c) me tocaba hablar de lo que desconocía, del futuro. Él me decía: la china y el gringo van a ser lo mismo. Igual que este sonso de Humala. Todos decían la gran transformación, la gran transformación, y al final no pasó nada. Se transformó en cosito, jajajaja. El problema con mi interlocutor c) es que es un polemista imbatible. Como habla del futuro, no tengo manera de demostrarle que lo que dice es falso. Se sirve de ucronias, que vaya uno a saber si se harán realidad alguna vez. Es como si nos pusiéramos a discutir sobre qué hubiera pasado si le ganábamos a Ecuador en Lima en las eliminatorias para Francia 98, o si el JNE no hubiera sacado de competencia a Guzmán.

Para saber si PPK o KF serán o no lo mismo tendría que conocer el futuro. Y no tengo, lamentablemente, una bolita mágica para saberlo. Lo que sí puedo saber, en todo caso, es qué candidato, a la luz de sus antecedentes y de su entorno, representa una amenaza, más o menos real, para mi bienestar y el de mi país. Y ahí es donde el presente y el pasado pueden decirnos algo. Pueden decirnos, por ejemplo, que KF no tiene experiencia de gestión alguna, y que su máximo logro ha sido ser congresista, y primera dama del gobierno más corrupto y criminal de nuestra historia. Pueden decirnos, además, que su entorno, en mucho, es el mismo que el de su padre, y que varios de sus más cercanos colaboradores están siendo investigados por delitos graves como el de lavado de activos y el de narcotráfico. Pueden decirnos, por último, que su equipo técnico está compuesto por profesionales con serios cuestionamientos éticos como  sucede, por ejemplo, con Hernando de Soto, quien en 1992 contribuyó a apañar el autogolpe, o como Elmer Cuba, que apenas un mes antes era el jefe de plan de gobierno del partido de Julio Guzmán.

Pero digamos que mi interlocutor c) no se da por vencido, y me replica: el 2011 era, exactamente, lo mismo. Todo el mundo decía la china va a ser como el padre, por eso hay que elegir a Humala. Y mira con qué nos salió. Ahora estamos peor que hace cinco años y la mujer prácticamente ha cogobernado. Y es ahí cuando, en efecto, me doy cuenta que en realidad mi interlocutor c) no quiere convencerme de que PPK y KF serán lo mismo –esa es su estrategia indirecta-, lo que en realidad quiere es convencerme de que como ambos serán lo mismo es mejor votar por la original, o peor aún, como serán lo mismo, da lo mismo votar por Chana o por Juana, por lo que si acaso voto por KF no debería sentirme mal, ni mucho menos.

Frente a un argumento tan cínico, entonces, se me ocurre responderle con otro: oye, pero no te acuerdas que hace cinco años los mismos que hoy piden votar por KF decían que votar por Humala era votar por Chávez, y que si ganaba éste, el Perú se convertiría en una especie de colonia de Venezuela. Él me mira y me dice: sí, puede ser. Pero es que tampoco sabíamos cómo iba a ser, pues. Exacto, le digo. No sabíamos cómo iba a ser. Se trataba de votar por el candidato que, en esas circunstancias, representaba el mal menor, y así fue como muchos, sin demasiado entusiasmo, decidimos votar por Humala. Ahora sucede algo semejante, solo que con un matiz adicional. Cuál. Que hoy la amenaza del fujimorismo –de lo que representa, de lo que representó para el país- es infinitamente más grande.

 

La moralidad del voto blanco y viciado

th_b081278f0d7a02edd5c8d1fa16b87371_1342633666peatones_chile_2

Iré de frente al punto: se dice que votar blanco o viciado es una opción, perfectamente, válida, tal como votar por A o por B. Se dice, además, que votar por A o por B, cuando no se quiere votar por A o por B solo por razones, supuestamente, de conveniencia es un chantaje moral. Se dice, por último, que votar blanco o viciado es una manifestación de mi derecho irrestricto a rechazar a aquellos candidatos que no me representan ¿por qué, pues, apoyar a alguien a quien, inmediatamente después de salir electo, criticaré y rechazaré sin contemplaciones?

Estos argumentos son, por supuesto, perfectamente atendibles. Dan cuenta de una mirada liberal acerca de lo que supone el voto y de las diversas posibilidades que, como ciudadanos, tenemos para ejercer nuestro derecho a la participación política.

El problema, por tanto, no es si votar blanco o viciado es legítimo, o si hay razones morales que lo justifiquen, sino si, en las circunstancias actuales, ello refleja, de manera adecuada, lo que una adhesión política como esta representa. Seré más claro: el problema no es si votar blanco o viciado es teóricamente legítimo, sino si votar blanco o viciado, a la luz de nuestro momento presente, es prácticamente legítimo.

Me explico.

En el Perú el voto blanco o viciado no ha sido históricamente, ni por asomo, un voto de protesta. La gente no vota blanco o viciado porque quiere poner de manifiesto que rechaza al establishment político o porque ningún candidato lo convence. Por lo general, la gente vota blanco o viciado porque se equivoca –marca mal la cedula- o porque no conoce a los candidatos –no tiene ni idea quienes están postulando a un cargo de elección popular-. Prueba de ello es el porcentaje, relativamente estable, del voto blanco o viciado en el Perú. Durante los últimos 30 años el porcentaje de voto blanco o viciado ha sido, aproximadamente, siempre el mismo: alrededor del 15%.

Luego, debido a nuestras sempiternas reglas electorales, los votos blancos o viciados no cuentan. Es decir, al momento de elegir a nuestras autoridades los votos blancos o viciados, simplemente, pasan a un segundo plano. Se elige a estos en función, únicamente, de los votos válidos. Excepto en un supuesto: que la suma de votos blancos o viciados supere los 2/3 del número de votos válidos. Una cifra, como parece obvio, bastante difícil de lograr. Pongamos un ejemplo: si hay 10 electores, digamos que ese es nuestro universo electoral, y hay dos candidatos: los candidatos A y B ¿qué pasaría? Si de los 10 electores 4 votan blanco o viciado, el universo de votos válidos se reduce a 6, de tal suerte que si 4 votan por A y solo 2 votan por B, el primero gana las elecciones con el 66% de los votos válidos. Es decir, los 4 que no votaron ni por A ni por B terminaron, en la práctica, contribuyendo a que ganara A, pues al no apoyar a ningún candidato modificaron el universo de votos válidos posible.

Y a esto me refiero cuando digo que quizá la discusión en torno a la legitimidad del voto blanco o viciado no se inscribe en el plano moral o ético, sino en el plano práctico. Votar blanco o viciado tiene, en efecto, todo el sentido del mundo, pero siempre que tengamos muy en cuenta –pero en serio muy en cuenta- cuáles son sus implicancias en un escenario que se rige por estas reglas electorales. Otro gallo cantaría, sin duda, si el voto blanco o viciado fuera en el Perú un voto de protesta, o si acaso se lo considerara, también, dentro del universo de votos válidos. Ello le daría un sentido y una potencia crítica que, lamentablemente, hoy no tiene.

 

Sugerencias para el debate

ppk_keiko-Noticia-768401

Si acaso me preguntaran que le recomendaría hacer a PPK para salir airoso del debate de mañana no dudaría en sugerirle lo siguiente:

  1. No lea, en ningún caso lea, bajo ninguna circunstancia lea. Si se olvida de algo, improvise. Si no recuerda una fecha o un dato en particular haga referencia a estos en términos generales. Es preferible ser vago y ambiguo con naturalidad, que claro y preciso con un papel al frente. Al final del día, la gente recordará más el gesto que el mensaje en sí. Y leer, ciertamente, es un gesto malísimo en un debate político.
  2. No confunda su participación en el debate con una clase magistral. Sus electores no son alumnos, ni tampoco desean enterarse de la situación del país, de las finanzas, y la crisis económica internacional a través de datos fríos y estadísticas. Créame, tiene más impacto decir: “la gente ya no sabe qué hacer para protegerse, porque en cada esquina le roban el celular”, que decir: “según el Ministerio del Interior la delincuencia ha crecido 20% este año”. Lo primero genera empatía y comunica una sincera preocupación por la situación que padecemos a diario, lo segundo lo convierte en un deslucido burócrata que evoca a los mismos funcionarios impasibles que nos han llevado a este desastre.
  3. No se deje convencer por quienes le dicen que el debate es, ante todo, un intercambio de ideas y argumentos. El debate no es, en lo absoluto, un intercambio de ideas –por lo menos no en esta oportunidad-, sino un intercambio de impresiones y gestos que generan –dan la sensación de- mayor confianza y empatía con los electores. A quienes le digan que en el debate debe ir a proponer cosas y a derrotar intelectualmente a su oponente, respóndales que, en realidad, lo que va a hacer es a demostrarles a todos que quiere ser Presidente.
  4. No haga de la puya el santo y seña de sus intervenciones. No caiga, pues, en el error de pensar que como el debate es político entonces debe dedicarse solo a atacar a su oponente. Al contrario, como todo en la vida, bueno es culantro pero no tanto. Use las puyas –la ironía y el ataque directo- cuando corresponda y solo como una estrategia para distinguirse de quien tiene al frente. Si convierte el ataque en su leit motiv corre el riesgo de generar desagrado y de pasar como un oportunista, como alguien que solo fue a atacar y a insultar a la otra candidata.
  5. Resumiendo, preséntese –dentro de lo posible- como un estadista. Como alguien que siente que esta ad portas de asumir la responsabilidad más difícil de su vida y que es muy consciente de ello. Como alguien que piensa que hay muchas cosas por hacer y por mejorar y que no podemos perder ni un minuto, y que por eso necesita el apoyo de todos los que están hartos de tanta mediocridad e ineficiencia. Muestre, en esa medida, a su oponente como alguien inexperta y que esta acompañada por una pandilla de inefables que no harán nada bueno por el país. Siembre el germen de la duda en su oponente y deje, eso sí, la puerta abierta al entendimiento y el consenso. Para decirlo en simple sea como Barack Obama pero con las mañas de Frank Underwood.

Los jueces no crean derecho y la sentencia del caso Nadine Heredia

Entre las muchas críticas que ha generado la sentencia del TC sobre el caso de Nadine Heredia (NH) destaca una que señala que los jueces no deben legislar. Según esta, los jueces son, ante todo, delegados del poder constituido que tienen como tarea principal interpretar y aplicar las normas creadas por el Congreso. Los jueces, pues, según este punto de vista no estan habilitados para crear derecho, sino, simplemente, para aplicarlo a los casos concretos.

La discrepancia surge porque, a decir de algunos críticos, el TC se excedió en sus funciones al pronunciarse sobre el recurso de agravio constitucional interpuesto por la fiscalia contra el habeas corpus que le dio la razón a NH en la investigación que se le sigue por el presunto delito de lavado de activos. El argumento en cuestión señala que el artículo 202 de la constitución prevé que el recurso de agravio constitucional procede solo contra las sentencias denegatorias de habeas corpus y no contra las estimatorias cuando las plantea el demandado.

Al respecto, tengo dos comentarios que hacer. El primero, que los jueces cuando interpretan la Constitución no le deben adhesión a su texto expreso, sino a los significados que razonablemente se desprenden de él. Los jueces no interpretan las normas guiados por su tenor literal, sino por su significado acorde a los principios y valores que dotan de sentido al sistema jurídico.

Es probable que algunos digan, sin embargo, que dicho significado no necesariamente es claro o incontrovertible, pero el rol del juez no es obviar ello a traves de la presunta neutralidad que otorga la interpretación literal, sino enfrentar este hecho del desacuerdo mediante razones que puedan ser leidas en función del ideal normativo que concretizan.

Luego, el problema con esta sentencia del TC, a mi modo de ver, no reside en que este Colegiado haya optado por una interpretación creativa del derecho, sino en que optó por una mala interpretación a secas. Y lo hizo, precisamente, por lo que mencionabamos arriba: porque su lectura de los principios y valores constitucionales implicados en este caso (puntualmente, en lo que respecta a la procedencia del recurso de agravio constitucional) no es satisfactoria. El TC no puede, so pretexto de contribuir a la lucha contra el crimen organizado, soslayar la protección de un derecho. En una democracia constitucional una directriz no pesa más que un derecho.

El precedente en tres actos

El precedente huatuco tiene varios problemas. Sin hacer mucho esfuerzo es posible identificar dos de ellos. El primero, que no es consistente con la jurisprudencia anterior del TC, el otro que opta por una directriz en lugar de un principio.

El precedente que consagró nuevos criterios para la interposición del recurso de agravio constitucional tiene varios problemas. El principal de ellos, que consagra, informalmente, la figura del certiorari en nuestro sistema jurídico. Este a diferencia del anterior, sin embargo, no es tan grave.

El precedente que cambió, a su vez, el precedente Yarleque que establecía que los tribunales administrativos pueden realizar el control difuso tiene (solo) defectos. El más grave: reducir el marco de protección del principio de primacia de la Constitución, el menos grave: menoscabar la figura del overruling.

¿cómo se llama la obra?

Ausencia de una práctica constitucional.

Axel Kayser y la tirania del discurso contra la igualdad

A próposito del libro recien publicado del enfant terrible de la derecha chilena: Axel Kayser, por aquí le responden  sobre su obsesión de poner a Alexis Sanchez como ejemplo de lo que una sociedad libertaria puede hacer por el potencial de los superdotados.

Este extracto es notable:

“Cuando no hay educación de calidad para los más desfavorecidos (Alexis puede dar fe de ello) y se vive en una sociedad profundamente clasista, tanto que hasta falsos intelectuales trasnochados alegan hasta contra la igualdad de oportunidades, la pelota puede ser uno de los pocos caminos para salir del barro. En la cancha los apellidos, los contactos, las amistades o el colegio donde estudiaste no valen. Seas plebeyo o Kaiser, debes correr.”

Aquí el enlace de la nota:

http://chile.as.com/chile/2015/09/22/opinion/1442875790_532905.html

Anecdotas aparte ojala llegue pronto a Lima el último libro de Kayser titulado sugerentemente: “La tiranía de la igualdad”. Vale la pena sobre todo porque permite hacer lista de inventario de todas las falacias que la derecha más dura suele hacer contra la democracia, en general, y contra el igualitarismo en particular. Y tiene la ventaja además de que se trata de un texto que aborda estos lugares comunes no desde la mirada del esceptico o el critico, sino de la del acolito y el convencido. Gran testimonio sobre los prejuicios del libertarismo a la latinoamericana. Muy bien escrito además.

12 Cibero y Derecho Procesal Constitucional

El 12 Congreso Iberoamericano de Derecho Constitucional celebrado en la Universidad del Externado de Colombia acaba de concluir. En terminos generales podemos decir que la organización estuvo impecable y que asistieron brillantes y destacadas figuras del derecho constitucional como Vicky Jackson, Ruti Teitel, Roberto Gargarella, Pedro Salazar  o Luiggi Ferrajoli, entre otros. Las mesas de trabajo -mas de 50- tambien estuvieron muy bien. Nosotros participamos en una referida a la creación judicial donde hablamos sobre el constitucionalismo dialógico y la tensión entre derechos y democracia.

Pero lo que quisieramos resaltar ahora son 2 aspectos que nos llamaron la atención de este importante encuentro: a) la adhesión del constitucionalismo iberoamericano con el constitucionalismo de los derechos y b) la franca retirada del procesalismo constitucional del horizonte jurídico de nuestra región.

Haremos ahora un breve comentario sobre cada uno de estos puntos.

Es de sobra conocido que en el debate iusteórico actual existen dos corrientes o tradiciones que se contraponen, la del constitucionalismo de los derechos y la del constitucionalismo político. El primero plantea que son los derechos la piedra de toque del estado y que son los jueces los llamados a establecer su alcance. La segunda, en cambio, sugiere que si bien los derechos son el marco de referencia de la actuación del estado su contenido no debe (ni puede) ser determinado por los jueces, sino por la política (por los políticos). Ambas tradiciones poseen destacados exponentes en la región. A favor del constitucionalismo de los derechos se hallan, por ejemplo, autores como Carlos Bernal o Miguel Carbonell, mientras que a favor del constitucionalismo político se encuentran, aunque con matices, autores como Roberto Gargarella y Juan Carlos Bayón. El que la charla de clausura de este evento la haya dado Luiggi Ferrajoli, un representante destacadisimo del constitucionalismo de los derechos, refleja, a nuestro modo de ver, las preferencias de la mayoría de juristas de la región con esta tradición. Talvez, claro, se puede tratar de una sobresimplificación exagerada, pero creemos que marca una tendencia. En Iberoamerica la partida, al menos ideológica, la viene ganando hace tiempo, y con ventaja, el constitucionalismo de los derechos.

Ahora bien, mucho se habla en nuestro país sobre las bondades del derecho procesal constitucional pero resulta que, al menos en este congreso, no se escuchó ni un susurro de aquel. ¿A qué se habrá debido? En nuestra opinión a la nula influencia que esta forma de abordar los conflictos constitucionales posee allende nuestras fronteras. Los constitucionalistas más interesantes de iberoamerica no tienen, pues, entre sus prioridades investigativas, al derecho procesal constitucional. La premisa que se desprende, entre lineas, de esta constatación práctica es que el procesalismo constitucional no quedará y será marginado, cada vez más, a una nota a pie de página del debate iusconstitucional iberoamericano. Felizmente.

En suma, el congreso iberoamericano de derecho constitucional nos deja, sobre todo, 2 enseñanzas: que el constitucionalismo de los derechos sigue siendo el más representativo de la región, y que el procesalismo constitucional ha fracasado en su afán por recrear la realidad del derecho en nuestros países.