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El medio y el Perú

Este debate me interesa más de la cuenta. No sólo porque ambos intelectuales son, en mucho, dos de los más destacados y birllantes opinantes de la realidad actual, sino porque encierra, según se vea, una verdad a medias. Por un lado, somos un país que ha crecido sostenidamente los últimos 10 años, pero, por el otro, somos un país que experimenta junto con Brasil y Chile, las tasas de desigualdad más altas de América Latina. ¿Se puede convivir a la vez con un lado bueno y otro malo y negarse a pensar la realidad por fuera del lugar donde se éste? Probablemente sí. Por eso creo que en esto ambos llevan un poco de razón: el Perú ha avanzado tremendamente en los últimos años, y ha logrado sacar del atraso a cientos de miles de compatriotas, pero no es, en lo absoluto, el paraiso que describe Krauze. Hay todavía mucha desigualdad, pobreza y gravisimos problemas de infraestructura y acceso a servicios, además, de una feble institucionalidad política. Así, ni pensar que podemos alcanzar el desarrollo, que por cierto tampoco es patrimonio de la sinrazón y la critica boba que se niega a percibir los cambios reales, para bien, que el país ha alcanzado, como quiza, un poco a la ligera, insinua Gorriti. Entonces, y sin que resulte un poco comodón de mi parte, creo que, como decía Aristoteles, en este caso, la verdad no esta en los extremos, sino en un saludable y bien ponderado medio.

Perú mueve montañas, por Enrique Krauze (2/4/2012)

Algo extraordinario está ocurriendo en el Perú.

Más allá del notable crecimiento de su economía, de la estabilidad de su vida política y del evidente -aunque aún limitado- avance social, Perú está modificando la penosa concepción que por mucho tiempo ha tenido de sí mismo y de su lugar en el planeta. Perú, en pocas palabras, está cambiando su mentalidad, eso que antiguamente se llamaba “las costumbres”.

“Las costumbres las ha hecho el tiempo, con tanta paciencia y lentitud como las montañas”, escribió Benito Pérez Galdós. Si hay un país que lo confirma es el montañoso y hierático Perú. En 1979, cuando lo visité por primera vez, percibí la facilidad con que los peruanos hacían mofa de sí mismos (“El inca nuevo es el inca-paz”) y narraban sus atávicas desdichas: la nostalgia del Edén incaico subvertido por la Conquista, el retraso de la región andina frente a la costa, la postración y pobreza de sus mayorías indígenas, la omnipresencia (en el idioma, en el trato social, en las disputas políticas) de terribles enconos étnicos, y hasta la maldición geográfica de estar lejos de Europa, de Estados Unidos, de los verdaderos centros de poder y desarrollo. No sé si la melodía que escuché de un flautista indígena (un dorado atardecer, en una calle de Cuzco) era la más triste del mundo. A mí me lo pareció.

Mi siguiente visita fue en 1990. A pesar de haber desplazado a los regímenes militares, el país había caído en el precipicio del populismo que arruinó su economía y en el horror de la guerrilla “Sendero Luminoso”. Acudía yo invitado por Fredemo, la organización que apoyaba la candidatura presidencial de Mario Vargas Llosa. Una reciente novela suya abría con la frase “No hay límites para el deterioro”, y el panorama que encontré lo confirmaba: un ejército de niños pordioseros invadía las zonas comerciales de Lima, los militares patrullaban las calles en espera del siguiente acto de sabotaje, los secuestros y asesinatos se habían vuelto noticia diaria, los cambistas agitaban sus fajos de “intis” devaluados. El Banco Central había agotado las reservas, la inflación llegaba al 2,600% y en 1989 el Producto Interno Bruto había disminuido 15%.

Frente a ese drama, Vargas Llosa proponía lo que denominó “El gran cambio”, un programa de liberalización que acotaba el papel económico (no social) del Estado, transfiriendo la iniciativa a la sociedad y los individuos mediante el combate a los monopolios, la apertura de las fronteras y el aliento a la libre competencia. La miseria no era una condición fatal, el Perú podía optar por superarla. “Es el país que vendrá”, dijo, al cerrar su campaña. Para fortuna de la literatura universal, el escritor perdió las elecciones, pero su proyecto económico (adoptado en alguna medida por la violenta y corrupta dictadura de Alberto Fujimori) modificó la cultura económica del Perú hasta traducirse, en el siglo XXI, en un cambio de mentalidad y de costumbres.

Desde entonces, los buenos augurios parecen obra de la cosmología inca: un presidente indígena graduado en Stanford (Alejandro Toledo) cuya improbable biografía representó, en sí misma, un principio de reconciliación entre los pasados peruanos; un presidente populista (Alan García) que entendió y repudió sus errores pasados, y en una segunda oportunidad tomó la ruta de la modernidad económica; un militar golpista (el actual presidente Ollanta Humala) que pasó de concebirse como un “redentor” inspirado en Chávez a un líder que considera “obsoletas las divisiones de izquierda y derecha”, que defiende ante todo el Estado de Derecho, y sigue la pauta de Lula y Rousseff. Por si fuera poco, el Perú brilla internacionalmente por su cocina, por su cultura (el tenor Juan Diego Flórez, el pintor Fernando de Szyszlo) y, desde luego, por el Premio Nobel de Literatura concedido a Vargas Llosa en 2010.

Pero el cambio no es astrológico: es real. La globalización ha transformado la geografía económica del Perú. “Somos una China en miniatura” -me dice mi amigo Alfredo Barnechea, apuntando a la impresionante migración de la montaña a varias ciudades de la costa. “Perú es ‘un país fusión’ -agrega-, cuya forma social no es ya una pirámide sino un rombo, por la emergencia de las clases medias”. La tracción principal de este fenómeno no es sólo la demanda china (15% de la exportación total) sino el manejo responsable de la macroeconomía y -después de Chile- el clima de negocios más hospitalario de la región. En las gráficas del Fondo Monetario Internacional sobre crecimiento del PIB y en el índice de The Economistsobre salud fiscal y monetaria, resalta la similitud relativa del Perú con Singapur, Corea del Sur y China. Los números son sorprendentes: con una inflación de 3.4%, baja deuda y altas reservas internacionales, Perú crece al 7% anual, ha triplicado en diez años su producto per cápita (está cerca de los 6,000 dólares), quintuplicado la inversión externa y más que sextuplicado sus exportaciones (61% de ellas son metales). El empleo ha aumentado 37% en las principales ciudades, a la par de una impresionante expansión del consumo y la construcción.

Además del crimen organizado y el narcotráfico que amenazan a toda la zona, los rezagos en infraestructura, vivienda, servicios básicos, educación y competitividad siguen siendo inmensos. Para enfrentarlos existen programas focalizados de apoyo social. Según el Ministerio de Economía y Finanzas, en diez años la pobreza total se ha reducido del 53% al 31%, pero sigue siendo del 54% en áreas rurales, donde un tercio de los niños sufre desnutrición. De consolidarse el modelo, las perspectivas para 2020 son halagadoras: duplicar el PIB per cápita y reducir a 15% la pobreza.

En el Valle Sagrado corren las aguas limpísimas del río Vilcanota. Limpísimas son también las calles y los muros de los pueblos: Pisac, Yucay, Urubamba. Hace unos días visité la zona. Mientras las tejedoras milenarias hacían ponchos de exportación, un par de niñas ataviadas con impecable uniforme azul caminaban abrazadas a la escuela. Hasta la música se ha alegrado con la tecnología moderna. Hace seis siglos, ingenieros incas cincelaron las montañas con terrazas agrícolas, observatorios y templos. Hoy el inca nuevo hace otros prodigios, mueve otras montañas.

Aquí, en la revista Letras Libres, publicación original de este artículo.

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El turista soviético, por Gustavo Gorriti (10/4/2012)

El artículo de Enrique Krauze es muy simplista, casi como uno de esos folletos de propaganda de los sistemas de autoayuda. Es la visión del turista incidental que busca los datos que justifiquen su convicción. No muy distante, en forma, de esas crónicas de viaje en la Unión Soviética de antaño en la que ibas describiendo tus escenarios de admiración. La biblioteca en el sovjoz, las tierras roturadas, las chicas con los retratos de grandes físicos e intrépidos astronautas como pinups en su dormitorio estudiantil, los centenares de miles de ingenieros, la producción fabril, los milagrosos avances de la medicina, las colas para escuchar a Yevtuchenko declamar su Babi Yar. No había duda, ese era el futuro.

Es cierto que Perú ha crecido sostenidamente desde el 2001 hasta la actualidad. Es cierto que, pese a la pésima distribución del ingreso, ha crecido la clase media y ha surgido una nueva, pujante, de nietos de los inmigrantes andinos que invadieron terrenos desocupados para construir sus barriadas de esteras. Es cierto que, por muy mal distribuido que esté, si sigue este nivel de crecimiento por diez o quince años más, el país habrá cambiado radicalmente para mejor.

Pero, a la vez, es cierto que una parte del crecimiento está sustentado en las exportaciones mineras, beneficiadas por el aumento mundial en el precio de metales y no metales; que la distribución del ingreso sigue siendo obscenamente inadecuada; que la democracia ha estado en peligro serio por lo menos un par de veces durante el decenio pasado, y que en 2011 la victoria sobre el fujimorismo –auspiciado por una coalición estridente de las clases dominantes peruanas, incluyendo la mayoría de los medios de comunicación tradicionales– exigió una movilización excepcional de todas las fuerzas democráticas junto con la conversión sorprendente y bienvenida de Ollanta Humala (juramento público de por medio) a la democracia, cinco años después de haber sido su enemigo. Aún así, la victoria fue por un margen relativamente estrecho.

Este es un país de buenos logros macroeconómicos que vive peligrosamente en lo político e inquietamente en lo social. El simplismo de Krauze lo describe muy parcialmente, de una forma que resulta en última instancia distorsionada para una nación de tantos matices y tan contradictorias complejidades.

Estamos, sin duda, mucho mejor que antes, y personas como yo, que hemos vivido nuestra sorprendente y trágica historia por más años que, me temo, la mayoría de peruanos más jóvenes, no podemos dejar de alegrarnos por el crecimiento logrado y el orgullo, la aún modesta esperanza, que sienten los siempre pesimistas peruanos respecto de su futuro.

Pero el proceso ha sido difícil, lleno de altibajos, preñado de peligros: del gobierno de crimen organizado de la etapa Fujimori-Montesinos a la democracia precaria de Toledo, al crecimiento corruptón de la administración García y, finalmente, al peligro del retorno del fujimorismo que enfrentamos hace pocos meses. Se trata de un proceso político disfuncional que se desarrolla sobre el trasfondo de un crecimiento económico también plagado de conflictos.

Hay música más alegre, con mayor actividad pélvica que antaño, me parece; pero la quena no ha callado ni perdido su registro.

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Enrique Krauze es un historiador, ensayista y editor mexicano, director de la prestigiosa revista liberal Letras Libres y de la Editorial Clío, miembro de la Academia Mexicana de la Historia. Es autor, entre muchos otros libros, del consagrado “Siglo de Caudillos. Biografía política de México” (1994), que obtuvo el Premio Tusquets a la mejor biografía internacional, y “La presidencia imperial” (1997). En 2010 recibió el importante Premio Nacional de Ciencias y Artes otorgado por el gobierno de su país.

Gustavo Gorriti es un reconocido periodista peruano que ha publicado extensamente en la prensa de su país y del mundo. Ex codirector del diario La República de Lima y ex director del diario La Prensa de Panamá, en la actualidad dirige IDL-Reporteros, dedicado a la investigación. Ha recibido el Premio CPJ International Press Freedom (1998), el Premio Homenaje de la Fundación de Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), el Premio Rey de España y el Premio Maria Moors Cabot. En 2005 fue nombrado presidente del Instituto Prensa y Sociedad y es miembro del Consorcio Internacional para Periodismo de Investigación. Es autor de varios libros, entre ellos “Sendero: historia de la guerra milenaria en el Perú” (Lima 1990-2008).

La ciudadanía en cuestión

El jorobado de Notredame, léase, Carlos Melendez, ha escrito un artículo titulado “buscando ciudadanos”, en él plantea una idea que, al menos intuitivamente, ya habíamos desarrollado antes por estos pagos: que en el Perú hemos pasado del discurso de los pobres y ricos, al de los incluidos y excluidos pero nos hemos olvidado del discurso  de los ciudadanos. Nada menos.

“El Perú es un país de desencuentros. Los últimos gobiernos no han conseguido generar un discurso político traducido en políticas públicas que logren paliar en algo las distancias sociales o, al menos, el acceso a los beneficios del progreso económico. De izquierda a derecha solo tenemos intentos fallidos. La izquierda setentera y sus herederos se han dirigido al “proletariado” o al “campesinado”, construyendo una identificación política colectiva tomando como base los determinismos de la actividad económica de la clase sometida. Luego, con más culpa que con reflejo, se evolucionó hacia la categorización de “pobres” y “excluidos”, categorías que ganaron cierto consenso. Se habló de los “sin voz” y la (buena) intención de toda política: el “empoderamiento”, siempre partiendo de la premisa de la subordinación y de los sujetos como actores pasivos. El discurso de la “inclusión social” es su más reciente versión y se sustenta en el desvalido a quien no le llega nada. La culpa se impone como leitmotiv de cualquier cambio social.

La derecha no se salva. Quizás su rollo más articulado haya sido el concebir a las clases bajas como informales, potenciales micro capitalistas cuya principal (¿y única?) actividad es económica y que se realiza al margen de las reglas de juego impuestas por el sistema (el mismo que los oprime, claro está). Ambas tendencias definen a las clases populares (sic) casi exclusivamente por su poder adquisitivo. Cuando sus discursos intentan dar el salto a la política, desfallecen. En las alternativas planteadas de “más Estado” o de “legalidad” hay un tímido reflejo de búsqueda de algo extra que no termina por precisarse. La izquierda ve pobres y excluidos, y la derecha ve informales. Nadie ve ciudadanos.”

Carlos no se equivoca, en efecto, en el Perú hace mucho, desde la época de Julio Cotler por lo menos, se ha dejado de lado el discurso de la ciudadanía para, en su lugar, poner los reflectores sobre el discurso de la inclusión. Ambos parecen lo mismo pero no lo son. El discurso de la ciudadanía se refiere a los derechos y a las obligaciones, el discurso de la inclusión, en cambio, se refiere a los que tienen privilegios y los que no, los que se favorecen del desarrollo y los que no, los que pueden, en suma, sentirse peruanos y los que no (en el sentido de ser parte de una comunidad y, por tanto, ser responsable de las decisiones que se adoptan en ésta).

No es baladí subrayar esta diferencia pues de ella depende, en parte, la forma cómo nos aproximamos a las soluciones de los vastos problemas que afronta el Perú. La política se entiende en este contexto de una forma un tanto diferente a como la entendemos en el habla común: no como el espacio en donde se dirime quién manda a quién, sino como el espacio donde se dirime qué es lo que se debe mandar y en función de qué  intereses y necesidades. Si nuestro objetivo próximo, y asumo que esa es una meta importante para este gobierno, es reducir la exclusión social y permitir que la brecha entre pobres y ricos se acorte, la estrategia más adecuada, talvez, sea, por eso, olvidarse un poco de que la inclusión y la pobreza como tales existen y concentrarse más bien en pensar en soluciones para ciudadanos que, aunque pobres y excluidos, y que se beneficiarán, además, hipotéticamente, de esas medidas, nunca deberían dejar de serlo.

La América olvidada

Mientras me adapto al frio y conozco mi (temporal) nuevo hogar he estado leyendo “El continente olvidado” del periodista inglés Michael Reid (Bogota: Norma, 2009). Llegue a este libro por recomendación de Jorge Volpi, cuyo ensayo “El insonmnio de Bolivar” reseñe anteriormente. En “El continente olvidado” Reid sostiene una hipotesis sencilla pero contundente: América Latina pese a todas sus dificultades se halla en mejor posición que antes para afrontar el futuro.

Reid es un periodista que conoce muy bien América Latina. Vivió en Perú durante 15 años y ha viajado, como redactor jefe de la sección de la Américas de The Economist, a lo largo del continente. Conoce la historia de América Latina, la idiosincracia de sus habitantes y el itinerario trágico (mico) de su pasado. Conoce las relaciones económicas que apuntalaron su desarrollo y las ideas en que estas se basaron. Conoce muy bien la topografía americana y talvez, por ello, sabe cuales son sus principales fortalezas y sus más terribles dificultades.

Es obvio, sin embargo, que todo autor parte de un prejuicio a la hora de adentrarse en su estudio de objeto. El caso de Reid no es la excepción. Pese a su disciplinada imparcialidad, Reid sostiene que el discurso socialista, revolucionario o de izquierda le ha hecho mucho daño a Latinoamerica, y que, en todo caso, sus efectos han derivado en largos procesos de violencia, cuando no, en el caos económico y social. La perspectiva de Reid puede ser cierta si partimos del hecho írrito que esos procesos no han sido genuinos procesos revolucionarios, y que, la más de las veces, han sido un espejismo que derivaba en demagogia o populismo. La revolución en América Latina aún esta por venir (o no vendrá talvez nunca) pero su meta no podrá ser nunca distinta a la igualdad.

La verdad de las mentiras

 

Mario Vargas Llosa

Mario Vargas Llosa

Mario Vargas Llosa ha escrito hoy en su columna dominical del Diario El  Comercio que “el chuponeo” es un rezago de la dictadura de los años 90.  Su análisis se centra en la forma como, a partir de la difusión de  82 audios que implican a políticos y empresarios en grandes negociados, se ha desatado una ola de rumores que apuntan a la miseria más intima del gobierno. Sin embargo, Vargas Llosa parece no creer en la tesis de que todo (“todo”) tiene un punto en común con el Presidente Alan Garcia:

Aunque el presidente García no ha sido personalmente afectado por el escándalo —los audios prueban que hacía tiempo se negaba a recibir al ex ministro implicado, y en un discurso ha llamado “ratas” a los protagonistas— el episodio provocó la caída de todo el Gabinete y, ahora, ha tenido un rebrote publicitario con la captura de los “chuponeadores”: una compañía llamada Business Track, de la que forman parte varios oficiales de la Marina de Guerra, algunos en activo y otros en situación de retiro. Los registros policiales de los ordenadores y archivos de la empresa en cuestión, y la aparición de más de ochenta nuevos audios que llegaron misteriosamente a manos de un periodista han provocado toda clase de conjeturas. Se habla de una vasta clientela de individuos y empresas particulares que encargaban las ilegales interceptaciones de Business Track y otras compañías de la misma índole —por lo visto hay varias en plena actividad— para servirse de ellas contra sus competidores o en problemas más íntimos, como los pleitos de divorcio. Decenas y acaso centenares de personas del mundo profesional, industrial y comercial operando en la más flagrante ilegalidad y sin el menor escrúpulo.

Un argumento posible para explicar la posición de Vargas Llosa puede ser  la simpatia entre “sus ideas” y las que actualmente predica el Presidente , sobretodo en el campo económico:

El Perú anda mucho mejor de lo que estaba en aquella década infame, por supuesto. Desde el año 2000, con los tres presidentes que ha tenido desde entonces, Valentín Paniagua, Alejandro Toledo y Alan García la democracia ha funcionado pasablemente bien en lo esencial —elecciones libres, libertad de prensa, independencia de poderes— aunque sus imperfecciones sean todavía grandes en razón del subdesarrollo, y la buena política económica seguida por los tres ha traído al país un crecimiento y una buena imagen internacional para los inversores sin precedentes en nuestra historia. Acaso lo más sorprendente de estos años haya sido la evolución del presidente Alan García hacia una filosofía liberal y moderna que (en buena hora para el país) defiende y aplica contra viento y marea, incluso contra buen número de sus propios compañeros de partido que siguen anclados en el pasado, sin importarle la impopularidad. El resultado es que, a diferencia de lo que ocurre en otros países latinoamericanos, el Perú, con su apertura al mundo, su apoyo a la empresa privada y su implantación en todos los grandes mercados internacionales, resiste bastante mejor que el resto el cataclismo financiero internacional.

No estoy de acuerdo con MVLL. El gobierno, en efecto, ha sido disciplinado en el manejo de la economía. Pero no ha sido responsable  para derivar los beneficios de  ésta a los sectores más necesitados. Actualmente no existen programas sociales, y los que habían han sido desactivados en los últimos años. La inversión en educación es nula, y la falta de calidad de los servicios públicos creciente.

Es cierto que la disciplina económica le ha permitido al país encarar con éxito los desafios de la globalización. Pero es cierto también que la economía no basta para lograr que el Perú  se convierta en un país desarrollado. Una critica más aguda debería tomar en cuenta además de los indices positivos de la economía, las enormes dificultades que, aunque suene contradictorio, ese crecimiento genera. Una de ellas,  talvez la más importante, la desigualdad social. En la medida que el gobierno no tome las acciones necesarias para combatir este flagelo cualquier esfuerzo, por grande o pequeño que sea, caerá en saco roto. No nos engañemos, no hay progreso posible sin equidad.