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Agenda de campaña

La competencia electoral en el Perú del 2011 no es menos azarosa que la del 2006, o la del 2001 y así hasta el infinito. Al igual que las anteriores campañas  no hay ideas en la palestra, y los líderes políticos parecen más concentrados en caer simpáticos, que en defender sus puntos de vista. Esta realidad no va a cambiar, me temo, en el corto o mediano plazo. No va a ser producto de una ley providencial o de una reforma política de fondo que las campañas electorales en el Perú van a experimentar un cambio. Parece más bien que si el cambio ocurre, será producto de algo menos sonoro pero más potente: la mejora económica de los peruanos. Adam Przeworski sostuvo en un libro muy influyente (La democracia y el mercado) que una vez que un país supera el umbral del 8% de crecimiento anual es casi imposible que opte por alternativas totalitarias. Traduciendo las palabras de Przeworski podríamos decir que cuando el Perú supere el umbral del 8% del crecimiento del PBI nos va importar menos el pan y el circo y más las propuestas serias.

Pero el crecimiento económico tampoco es la panacea. Si no viene acompañada de reformas institucionales en temas como la educación, la salud, los derechos humanos, poco o nada puede contribuir al desarrollo. Parece un galimatias. Hace un momento decía, citando a Przeworski que cuando un país crece, y crece además de forma sostenida, es posible que se modernice, pues bien, se modernizará más rápido y mejor, si con ese crecimiento económico se invierte en educación, salud, etc, ya que los ciudadanos sentirán que esos beneficios les tocan y que, por tanto, sería una pésima idea echarlos por la borda. ¿Qué es primero la economía o la democracia? Esa pregunta clave, que algunos  responden según su humor, es a final de cuentas la única que importa. En estos día y semanas que restan de la campaña todos los candidatos, quiéranlo o no, también la responderán, aunque, como ocurre desde hace muchos años en el Perú, ni ellos mismos lo sepan.

Planchas electorales

 

La semana pasada todas las agrupaciones políticas, sin excepción, han hecho públicas sus candidaturas a la presidencia y vicepresidencia, encontrándose, entre ellas, clamorosas decepciones así como plausibles aciertos. Entre las decepciones se hallan, que duda cabe, la plancha presidencial que integran: Luis Castañeda Lossio, Augusto Ferrero y Rosa Núñez de Acuña. Nadie se explica que podría aportarle a Luis Castañeda, Augusto Ferrero –un abogado cercano al cardenal Cipriani- o Rosa Núñez –una entusiasta ama de casa cuyo principal mérito es ser o haber sido esposa del alcalde de Trujillo Cesar Acuña-. La otra gran decepción es la plancha presidencial integrada por Mercedes Araoz, Javier Velásquez Quesquen y Nidia Vílchez. Con ellos el capital de independencia y juventud que la ex ministra de economía quería insuflarle a su campaña se esfuma, literalmente, por la ventana.

Entre los aciertos, por otro lado, destaca nítidamente la plancha presidencial integrada por Pedro Pablo Kucsinky, Máximo San Román y Marisol Pérez Tello. Ellos, a diferencia de los otros candidatos, cumplen a cabalidad aquello de un buen sancochado político, pero en el buen sentido. Si PPK aporta la experiencia y la continuidad en el manejo económico, San Román aporta el rostro provinciano y descentralista y Marisol Pérez Tello la juventud y la renovación generacional. El único problema con esta plancha radica en que si bien sus integrantes pueden ser –como en efecto lo son- personas de muy buena fe, arrastran consigo el lastre de no contar con un partido político solido, que aglutine y permita transmitir, de manera efectiva, su mensaje a lo largo de todo el país.

Un rasgo en común entre todas las planchas presidenciales, por encima de los aciertos y los desaciertos, es, eso sí, la improvisación. Todas las agrupaciones han elegido a sus candidatos al límite del plazo exigido por la ley electoral y, aun cuando no es seguro que todas hayan realizado elecciones, es evidente que sus listas obedecen más que a la reflexión y  la discusión internas, al afán oportunista por tratar de impactar en el electorado. También hay por supuesto los partidos pequeños, aquellos que no tienen ninguna opción de ganar las elecciones, entre los que se hallan: Fonavistas del Perú, Adelante Perú, o Arriba Perú, cuyos candidatos resultan, a poco más de 3 meses de las elecciones, ilustres desconocidos. Estos candidatos pigmeos, sin embargo, poseen una ventaja comparativa respecto de los demás candidatos: así como nadie los conoce, y por ende, nadie valora en su real dimensión sus aciertos, nadie pondera tampoco sus desaciertos, los cuales, como en el caso de Fujimori en 1990 o de Ollanta Humala en el año 2006, pueden inclinar la balanza a su favor si, como la historia nos lo indica, a última hora obtienen el apoyo de la gente cansada hasta el hartazgo de las promesas de siempre de los denominados políticos tradicionales. Quien sabe si a finales de abril del próximo año no nos estemos preguntando por cómo se llama el candidato a vicepresidente del partido Arriba Perú, para  escribir su nombre en los documentos oficiales.