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Elecciones en Perú: las distintas caras del cambio


Las elecciones en Perú han terminado y tienen un veredicto claro sobre quién será el próximo presidente: Ollanta Humala, pero no así sobre cómo y en qué medida se solucionaran los álgidos y sempiternos problemas que ha desnudado. El primero de ellos, y talvez el más importante, es el de la exclusión social. Pese a que el crecimiento económico del Perú ha sido boyante en los últimos años (7% en promedio) no ha tenido el impacto esperado, sobre todo, en los sectores menos pudientes, los cuales sobreviven a duras penas con menos de 3 dólares al día. Este sector no es, precisamente, una minoría pues representa casi el 30% y ha sido, aunque cueste aceptarlo, el más olvidado de los últimos años. Una de las razones del triunfo de Ollanta Humala se explica, en ese sentido, por esta variable: un número de excluidos que, pese a todo lo avanzado en materia económica, se resiste a aceptar que ese modelo de país sea el ideal. Como lo dijera el politólogo norteamericano Steven Levistky: el triunfo de Ollanta Humala no ha sido el triunfo de los ignorantes, ha sido el triunfo de los ignorados.

El segundo problema para el futuro gobierno de Ollanta Humala es la gravísima polarización que existe. Hasta hace apenas unas horas se podía leer en los periódicos columnas de opinión que explicaban el triunfo de Humala por la supina ignorancia del pueblo, hasta columnas que invocaban a estar atentos frente a los exabruptos del próximo presidente. Esta polarización también se refleja, aunque a diferente escala, en las redes sociales donde hay quienes despotrican de aquellos que votaron por Humala diciendo cosas del tipo: y ahora quién va a pagar mi hipoteca, cómo voy a hacer para conseguir un trabajo, ó, solo los que trabajamos sabemos lo que nos estamos jugando.

Por último, el tercer problema es la debilidad de las instituciones políticas en el Perú. A diferencia de otros países de Latinoamérica, donde existen unas elites consolidadas y una clase política más seria (como Chile o Colombia), en el Perú estas brillan por su ausencia siendo notoria la práctica irrelevancia de los partidos políticos en la escena nacional. Esta debilidad institucional se explica en parte por la práctica informalidad de la política que cundió durante la década de los 90´s, pero en parte también por la falta de liderazgo que existe, que hace, por ejemplo, que en casi 30 años no haya surgido una generación de jóvenes que renueve la anquilosada, corrupta y falta de ideas generación que aun nos gobierna.

El primer paso, en ese sentido, para arribar a algunas soluciones posibles será nombrar a un gabinete de ancha base que garantice, por un lado, la estabilidad política y económica y, por el otro, la participación y la inclusión ciudadanas. Ambos elementos, no obstante, parecen una aporía. En el Perú o son una cosa u otra pero no las dos a la vez. Es por eso que la responsabilidad del próximo gobernante es enorme. No sólo se juega su prestigio, el cual, no quepa ninguna duda, se desmoronará demasiado rápido si atenta contra una de las dos variables, sino su compromiso de cambio. Ollanta Humala ganó las elecciones levantando la bandera del cambio, pero este cambio más que real, que, en mucho, deberá serlo, es, sobre todo, simbólico: deberá demostrar que se puede ser un país moderno con un crecimiento económico ordenado, pero sin sacrificar las expectativas de los que menos tienen; deberá demostrar que la deliberación pública no es sólo un complemento de la democracia sino un fin en sí misma. En fin, enviar señales de que sobre todo el país va en la dirección correcta, pero que, precisamente, por ello el cambio es hoy más urgente que nunca.