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La justicia posible: un comentario sobre The idea of justice de Amartya Sen

 I

Amartya Sen es uno de los economistas más celebres y discutidos del mundo y no precisamente por su fidelidad a la teoría económica tradicional. Nació en Calcuta (India) en 1933 y, posteriormente, se trasladó a Cambridge (Inglaterra) donde además se licenció en Economía en 1956. Ha sido profesor en distintas universidades del mundo, entre las que destacan: Oxford, London School of Echonomics y Harvard. Entre 1998 y 2004 fue Master del Trinity College de Cambridge y en 1998 recibió el Premio Nobel de Economía por sus contribuciones en el campo de la elección social.

El área de estudios de Sen si bien se circunscribe al campo de la economía también abarca campos como el derecho, la ética, la filosofía política y la democracia[1]. El avance primordial de Sen, en ese sentido, consiste en reformular el concepto de desarrollo. A su juicio, el desarrollo no se basa en el crecimiento económico o en el nivel de reservas económicas que posee un país, dichos factores si bien tienen una utilidad, no son, ni remotamente, su función central. Por el contrario el desarrollo consiste, según Sen, en la expansión de las capacidades humanas, esto es, en la forma como el Estado, a través de los distintos instrumentos a su alcance, permite que los ciudadanos tengan un acceso equitativo a dichas libertades y como, al margen de su reconocimiento formal, éstas son tangibles en la práctica[2]. Sen plantea siempre un ejemplo para ilustrar su particular concepción del desarrollo, él pregunta: ¿en un país donde los derechos están garantizados, y donde la democracia funciona efectivamente se producirían hambrunas? Quien piensa el desarrollo a la luz, únicamente, del crecimiento económico y de la optimización de los recursos posiblemente diría que sí, siempre que ese país no posea los medios económicos suficientes para evitar la hambruna[3]. Amartya Sen, por el contrario, responde que no, debido a que un país donde las libertades se encuentran garantizadas es también un país donde los intereses, justamente de los más débiles, son canalizados de forma eficiente, evitando que unos (los menos) se privilegien del dolor de otros (los más).

II

En su última contribución –The idea of justice– Sen prosigue esta senda pero esta vez enfila sus críticas hacia un tema que es vital para comprender la actual evolución de las democracias contemporáneas: el tema de la justicia. En efecto, Sen desarrolla en este libro una lectura personal acerca de cómo se debe aborda la justicia y su relación con aspectos tan diversos como la ética, la globalización, los derechos humanos y el desarrollo económico.

Al respecto cabe mencionar que el tema de la justicia ha sido discutido desde tiempos inmemoriales por filósofos y politólogos, la riqueza de visiones que existen al respecto impiden privilegiar una visión sobre otra; talvez  se pueda recurrir a una breve recensión de los aportes más significativos sobre el tema de la justicia, pero sin perder de vista la existencia de un sinfín de visiones y teorías. Entre las tesis más significativas podemos incluir: i) la tesis de la maximización de los recursos escasos desarrollada por el libertarismo; ii) la tesis de la igualdad de oportunidades desarrollada por Dworkin[4], y iii) la tesis de la justicia como equidad desarrollada por Rawls[5]. La primera es, con todos sus reparos,  la teoría más influyente en muchas de nuestras actuales democracias. Esta se basa en la primacía del mercado y la propiedad como instrumentos para alcanzar el crecimiento económico. Friedrich Hayek, uno de sus principales ideólogos,  sostuvo, por ejemplo, que la justicia no puede ser asimilada a ninguna teoría gaseosa, que ponga en riesgo el principal capital del hombre: su autonomía, sino a una saludable interacción entre oportunidades y libertad, donde el rol del Estado, debe ser siempre un rol secundario[6]. La segunda tesis consiste en una lectura sutil de la aproximación rawlsiana de la justicia como equidad, y se basa en el igualitarismo como factor esencial para medir la justicia. La dignidad a juicio de Dworkin, su más destacado exponente, se basa en igual respeto e igual consideración, vale decir, en un trato acorde con las libertades –morales y políticas- que todos nos merecemos por el simple hecho de ser humanos. Finalmente, la tesis de la justicia como equidad se basa en las consecuencias que distintos factores que no han sido elegidos por nosotros mismos, tienen en nuestras vidas, y de qué manera nos debemos enfrentar a ellos[7]. Así,  Rawls sostiene que no se debe juzgar a los demás basados en aquellos elementos que no dependen de su voluntad –su aspecto, su condición social, su nivel de instrucción- sino en cómo estos fueron obtenidos, y en el papel que el Estado cumple para garantizar que esas diferencias no constituyan un factor de exclusión y marginación de los seres humanos.

La influencia de Rawls en el campo del derecho es innegable. Junto a su monumental Teoría de la justicia y su Liberalismo Político (donde ponderó varias de las conclusiones desarrolladas en Teoría de la Justicia) se suman una decena de artículos y ensayos y otro tanto de notas breves donde discute con bastante eficacia nociones como la maximización de recursos, o el rol del derecho como factor de estabilización de las democracias contemporáneas. Este arsenal de ideas ha motivado, como no podía ser de otra manera, ataques de distinta índole; desde muy mesurados, como los que le propinara Ronald Dworkin (en Justice in Robes, por ejemplo), hasta ataques viscerales como los de Nozick, o Hayek, cuando se publicó, por ejemplo, Teoría de la Justicia. La relectura de Rawls a través de sus críticos ha servido, no obstante, para aumentar su prestigio y hacer más visible su propuesta teórica de justicia como equidad. De hecho, en muchos países, incluido Estados Unidos, la influencia de Rawls es notoria y ha permeado ámbitos tan diversos como la judicatura, la política, o la filosofía moral.

En esta oportunidad Sen se encarga de plantear una visión complementaria a la rawlsiana en The Idea of Justice, basado en las que, a su juicio, son las inconsistencias más graves de este autor. A saber:

a) El planteamiento de Rawls, sobretodo el que se desprende de los dos principios derivados de la posición original, privilegia la libertad por encima de otros principios, sin tomar en cuenta que ésta no es concordante con la diversidad cultural y política que actualmente existe en el mundo, incluido, en el mundo occidental.

b) Rawls se concentra demasiado en la justicia de las instituciones, en lugar de la justicia de la sociedad, lo cual implica un paso adelante: determinar el impacto de dichas instituciones en comunidades políticas caracterizadas por la ausencia de recursos y el pluralismo.

c) La metodología usada por Rawls se basa en el factor de maximización, también propuesto por el utilitarismo, pero no toma en cuenta otras aproximaciones como la del espectador imparcial de Adam Smith que, por caso, se preocupan por establecer un patrón de conducta basado en el bienestar de las personas.

La forma como Sen intenta evitar las contradicciones de Rawls y plantear una aproximación original al tema de la justicia se basa en una estrategia que, como más tarde se encargaría de aceptar Nussbaum, no depende de lo ideal para ser abstracta, ni de lo empírico, aunque en esto último los esfuerzos de Sen han sido denodados, para ser real . Esta consiste en la comprensión de la justicia como una meta parcial, relativa, no acabada, ni universal. A Sen le preocupa lo que se puede hacer, no lo que se debe hacer. Lo primero quiere decir tomar medidas, humildes pera concretas, para que las sociedades contemporáneas sean más justas, lo segundo  quiere decir responder de una vez y para siempre la difícil pregunta sobre qué es la justicia y sobre cómo hay que actuar en cada momento. La aproximación de Sen, decía, es modesta a comparación de lo que plantean sus colegas, pero es al mismo tiempo ambiciosa respecto a lo que busca obtener de ella. A decir de Sen: sociedades capaces de responder a sus propias preguntas por sus propios medios.

La estrategia de Sen para desarrollar su tesis se basa, en principio, en el enfoque metodológico del observador imparcial de Adam Smith y en la escuela de la Social Choice Theory, planteada con éxito, entre otros, por Keneth Arrow. Sen intenta establecer qué aspectos, de los muchos, que afectan a las sociedades en la actualidad son los más graves y para ello busca, antes que establecer las causas de esos problemas (a la manera de una abstracta justicia ideal), los efectos de los mismos considerando las dificultades que cada contexto –cultura, instituciones, normas- le imponen a los individuos. Las respuestas que Sen obtiene, una vez advertida la importancia de abordar el problema de la justicia a la luz de sus consecuencias, es que en la actualidad se sufre un déficit de comunicación y de participación públicas. Esa carencia no es producto de la falta de recursos o, siquiera, de una mala organización social, sino del modo como las personas se relacionan entre ellas  y con el Estado, y de las oportunidades con que cuentan para hacerse oír. Este déficit explica, por caso, la existencia, aún, de conflictos sempiternos en distintas regiones del mundo, y la presencia, cada tanto, de hambrunas y graves injusticias, incluso en países como China que se caracterizan por su potente crecimiento económico.

III

Un elemento interesante en The Idea of Justice es su atención en la noción de capacidades que tanta fama le ha dado a su autor en el pasado (en especial en Development as freedom). En el libro Sen se encarga de relacionar este concepto con su propia teoría de la justicia, e intenta responder a preguntas tales como: ¿En qué consiste el desarrollo?, ¿Cuánta libertad hace falta?, ¿De qué forma se asocia la libertad con la justicia? Estas interrogantes llevan a pensar en el tipo de libertades que se privilegian –negativas sobre positivas o viceversa- y en los titulares de éstas. Un renglón aparte merece su preocupación por los derechos sociales como medios efectivos para combatir la marginación, y el deber que tiene el Estado para garantizarlos. En efecto, Sen sostiene que en un mundo donde las necesidades son tan obvias y donde la responsabilidad del Estado es proporcional a la influencia de los más pobres, es imperativo dotar a éstos de las herramientas necesarias para que puedan reclamar, eficazmente,  sus derechos. Este deber ético no se basa en la cantidad de recursos que posee el Estado, ni en la forma como éstos se distribuyen, sino en las oportunidades que los más necesitados tienen de poder reclamar al Estado por una participación más potente en la toma de decisiones.

Asimismo, el enfoque desarrollado en The Idea of Justice –y que impregna el relato general del libro- es un enfoque teórico. A lo largo de sus casi 500 páginas Sen intenta describir, a veces con lujo de detalles, los distintos alcances de teorías como la de la escuela de la Social Choice Theory, o de autores como Adam Smith y Arrow. El único capítulo empírico del libro –y así lo puntualiza el propio Sen- es el capítulo dedicado a demostrar las ventajas de la democracia para el desarrollo, en donde señala cómo China, siendo una  potencia mundial, aún mantiene altos índices de sub desarrollo y marginación.

El aporte más significativo del libro consiste en su discreta, pero efectiva crítica a Rawls. Si bien ya antes importantes autores habían mostrado sus reparos con las tesis de este autor, dichas críticas se inscribían en su misma área de estudio, dejando a salvo un espacio que parecía ser, hasta el día de hoy, de su total dominio. Sen, en cambio, crítica a Rawls en un aspecto totalmente distinto: su forma de pensar la justicia como problema, e intenta responder, seria, objetivamente, a lo siguiente: ¿Qué podemos hacer para que las sociedades sean más justas?, no: ¿En qué consisten las sociedades sean más justas? El enfoque de Sen es revolucionario por ello, ya que, más allá de la nítida influencia de Rawls, plantea un aspecto inexplorado de las actuales discusiones sobre el problema de la justicia: cómo podemos arribar a consensos –aunque menos ambiciosos, pero efectivos- que hagan que la justicia se vuelva real y visible, y no, ideal o superflua. La teoría ayuda, pero ayuda más la práctica, sentenciaría Sen.


[1] Al respecto cabe mencionar, entre los más representativos, a los siguientes títulos: Development as Freedom; Identity and Violence; India, y, recientemente, The Idea of Justice.

[2] Esta tesis ha sido desarrollada por Sen a lo largo de toda su obra, y ha tenido un gran impacto en la comunidad internacional, y en los programas de desarrollo que han emprendido algunos países. En Development as Freedom es expuesta con mayor detalle, del mismo modo, que su visión, optimista, sobre los derechos humanos y la cultura democrática como elementos que propician el desarrollo. Vid. SEN, Amartya. Development as Freedom. Oxford University Press, 1999.

[3] Esta respuesta hipotética, lo mismo que la pregunta, podría ser ensayada, por ejemplo, por los seguidores del Análisis Económico del Derecho que interpretan el funcionamiento de las instituciones jurídicas a la luz de la maximización de recursos o, también de forma irónica, a la luz del costo-beneficio.

[4] DWORKIN, Ronald. Sovereign Virtue. The Theory and practice of equality. Harvard University Press, 2002.

[5] RAWLS, John. Theory of justice. Harvard University Press, 1999.

[6] Esta tesis ha sido, sugerentemente, desarrollada en un libro epitome del libertarismo filosófico: Law, legislation and liberty: a new statement of the liberal principles of justice and political echonomy, de Friedrich Hayek. En él, el economista austriaco sostendría, por ejemplo, que: “So long as the belief in “social justice” governs political action, this process must progressively approach nearer and nearer to a totalitarism system”. Vid. HAYEK, Friedrich. Law, legislation and liberty: a new statement of the liberal principles of justice and political echonomy. Great Britain: Routledge, 1998, p. 68.

[7] Lo que distingue a Rawls del resto de sus coetáneos es que a su juicio la justicia como equidad (as fairness) implica tomar en cuenta el impacto que las decisiones de terceros (o del Estado) tienen en la vida de uno y una vez identificados discriminar si son legítimos o no, a la luz de una teoría que no tome en cuenta, por ejemplo, la raza, la clase social, la nacionalidad, etc, o demás factores que uno no está en posición de aceptar o rechazar (que no son responsabilidad nuestra).

Crìtica de la lectura rápida

Leo en el blog de Ivan Thays una nota aparecida en el Suplemento Ñ del Diario El Clarín, según la cual “La mayoría de los cursos de lectura veloz le enseñan a la gente a leer las palabras sin formarse la imagen mental de los sonidos correspondientes”, y que si bien la lectura veloz puede ser útil para leer documentos de trabajo, textos escolares y cartas de amor no correspondidas, no lo es  para la gran literatura que demanda una sensibilidad y atención especiales.

La crítica no puede ser más pertinente. En Lima, por ejemplo, estos cursos de lectura veloz son cada vez más populares. No recuerdo cuantas veces me los han ofrecido, y tampoco cuantos de mis amigos se han inscrito en ellos, con la pérfida esperanza de alguna vez, leer La Divina Comedia en un día, o El Quijote en, digamos, dos días. En tiempos en que la lectura ya no es un placer estético sino una obligación más, alternativas como la lectura veloz parecen muy atractivas, sin embargo,  no tiene ningún sentido leer rápido y no entender nada, o leer rápido y no disfrutar nada. La lectura utilitaria, la que realizamos sólo para “procesar” información es una lectura chata, que no nos aporta nada, es una lectura que nos deja al margen del maravilloso proceso de la comunicación escrita, del emisor y receptor que además de palabras, comparten, también, una porción de su alma.

Los 10 mejores libros del 2009

Estamos a dos semanas de la navidad, y a tres de fin de año, fecha propicia para hacer un listado de los mejores libros del 2009. Obviamente que se trata de una lista personalísima, pero no por ello deja de ser válido compartirla.

Empecemos por los más recientes:

  1. El derecho como conjuro, de Julieta Lemaitre: trata sobre los efectos simbólicos del derecho, y su importancia para motivar el cambio social. Pone en cuestión la tesis esceptica de que el derecho no sirve para nada, y de que todo se resuelve por ante el poder. Su autora, Julieta Lemaitre, posee una prosa que sorprende y maravilla a cada vuelta de página.
  2. Los abogados de América Latina, de Rogelio Perez Perdomo:  En este libro, brevísimo, Perez Perdomo se luce contando la evolución cultural del derecho en América Latina a partir del devenir de sus actores principales: los abogados.
  3. Escasez e igualdad, de Lucas Grossman:  gran, gran libro, y no porque su mensaje sea revolucionario o extremadamente innovador, sino porque es una lección maestra de brevedad, concisión y contenido. Apostilla: trata sobre derechos sociales.
  4. De la injusticia penal a la injusticia social, de Roberto Gargarella: En mayo de este año conocí a Roberto Gargarella. Después de conversar un poco, y participar de una sesión de su seminario en la UBA me pidió que lo visitara en Torcuato Di Tella, ahí me obsequio este libro que leí una vez de regreso en Lima de un tirón. Como siempre una gran prosa, pero me impactó sobretodo su valentía para defender una tesis que en sociedades tan conservadoras  como las nuestras es casi una utopía: el abolicionismo penal. 
  5. El Lector, de Bernard Schlink: leí este libro a próposito de la película que protagonizará con mucho éxito Kate Winslet. El libro es una joya. Tan o más impactante que la película del mismo nombre. Un dato: Bernard Schlink es un jurista destacado de Alemania y un opositor a la tesis de la ponderación como método para interpretar los derechos fundamentales.
  6. Teoría y Crítica del Derecho Constitucional, de Roberto Gargarella: definitivamente este ha sido el año que me dedique a leer todo Gargarella. Este libro es una edición de ensayos que versa sobre los tópicos más representativos del constitucionalismo actual. No tienen pierde los ensayos sobre la interpretación constitucional, en especial, aquel en el que Gargarella  “destroza” a Néstro Pedro Sagués.
  7. Libertad y restricción judicial, de Duncan Keneddy: este es un ensayo  editado por la colección que dirige el gran Daniel Bonilla en la Universidad de Los Andes. Es una introducción estupenda a los Critical Legal Studies y a su “contestaria” visión sobre el derecho.
  8. Los Fueras de Serie; de Malcolm Gladwell: sí, sí, sé que tiene titulo de libro de autoayuda pero creánme es lo menos parecido a ello. De entrada: el libro sostiene la tesis de que el éxito no es obra del esfuerzo sino del azar, esto es, de las oportunidades. En sociedades más justas las oportunidades deberían ser equitativas, lo demás es mito. El libro demuestra esta tesis con ejemplos y biografias bien documentadas de personajes como Bill Gates o Mozart.
  9. Libertad de expresión y estructura social, de Owen Fiss:  Fiss es el jurista que quisiera ser cuando crezca (!¡): lucido, claro, ambicioso, crítico. Su obra, pese a los años, se mantiene fresca y polémica. En este libro, que es en realidad una colección de sus ensayos más destacados sobre libertad de expresión, discute los alcances de este derecho y su relación con la política. Recomiendo sobretodo su crítica al mercado como mecanismo para implementar la democracia.
  10. Justicia con toga, de Ronald Dworkin: libro denso como casí todos los de Dworkin, pero acido y divertido. Llama a Posner “repulsivo” y a los Law and economics, poco menos que insensatos e inmorales. Me emocionó su elogio a Rawls y el final de uno de sus ensayos, donde invita a los jovenes a no creer en la letra muerta de la ley, a atraverse a cuestionar, a discutir, en una palabra a ser “interesantes”.

Se quedaron muchos libros en el camino. Posiblemente porque la memoria es frágil y una elección siempre tiene algo de arbitraria. De todos modos si estos diez han permanecido en mi memoria debe ser porque, en su momento, me hicieron olvidar de las  limitaciones de mi mundo frente al MUNDO (con mayúsculas) que transcurría en ellos.

Finalmente, y como diría Fistzgerald: “seguimos avanzando con laboriosidad, barcos contra la corriente, en regresión sin pausa hacia el pasado“.